Fecha: 30 de diciembre, 2017 - 4:10 am

Un Viaje Inolvidable


Tuve la dicha de nacer en Tarapoto, una hermosa ciudad del departamento de San Martin, en la región amazónica del Perú hace más de ochenta años.

Cuando era muy pequeña mis padres Wilfredo y Zoila decidieron cambiar su residencia de Tarapoto a la ciudad de Moyobamba, capital del departamento, llevando consigo a sus pequeños hijos habidos hasta entonces, cuyas edades fluctuaban entre los ocho y dos años y de los cuales yo era la penúltima.

El viaje lo hicimos por tierra que era la única forma de trasladarse de un lugar a otro en esos tiempos. Pero cuando digo “por tierra”, no es como viajar por tierra hoy en día, en buses y/o autos con todas las comodidades. Nuestro viaje fue por un camino peatonal, un camino angosto en medio de la espesura de la selva.

El camino era una trocha cubierta de vegetación solo para acémilas y recios peatones, lleno de peligros y dificultades, pero de una belleza indescriptible: bosques llenos de misterios, riachuelos cantando suaves murmullos, pájaros de vistosos colores revoloteando de rama en rama y gorjeando cánticos de armoniosas melodías, bandadas de pintadas mariposas moviendo sus frágiles alas muy cerca de nosotros en busca del néctar de las flores. Completaban la policromía del paisaje en medio de un concierto de grillos, trinos y susurros, el frufrú de las hojas, ramas y arbustos mecidos por el viento, el casi imperceptible rastrear de una culebra entre hojas y ramas secas del camino y solo alguna vez interrumpida por un tétrico graznido o el fuerte aletear de algún animal huyendo despavorido de nosotros.

En fin, solo un pintor o un poeta podrían plasmar en un lienzo o en una composición literaria tanta belleza de flora y fauna que encierra la Amazonía peruana.

Nuestra caravana avanzaba lentamente en una larga hilera. Los niños íbamos sentados individualmente en cajones de madera confeccionados específicamente para ese fin y provistos con mantas de lona para protegernos del sol, impermeables para la lluvia y tules para impedir el ingreso de insectos que podrían causarnos daño. Cada uno de estos cajones era conducido a la espalda de un “cargador”, un hombre fornido, experto en el oficio y preparado para los mas ásperos y escabrosos caminos de herradura.

Este grupo de cargadores iba al centro de la caravana, nuestros padres iban a caballo y en constante vigilancia, un cargador adelante y el otro al final. Estos llevaban el equipaje, enseres y comestibles y a la mano un machete o sable muy afilado y creo que hasta una escopeta. Ellos eran los encargados de la custodia y seguridad del grupo, abrían la trocha cortando ramas y arboles caídos o cualquier otro obstáculo que encontraban a su paso, gritaban y hacían toda clase de ruidos para ahuyentar a los animales que podrían ser peligrosos, fumaban y echaban bocanadas de humo para alejar “disque” los malos espíritus y todos iban llamándonos a los niños, pronunciando nuestros nombres completos y en voz alta, para que nuestras almas no se quedaran atrapadas en el bosque si dormíamos, según la creencia popular de la zona en ese entonces.

Durante el viaje acampábamos de cuando en cuando por breves momentos en las chozas o trapiches instalados a la vera del camino para descansar, tomar jugo de caña, comer frutas, hacer nuestras necesidades o estirar las piernas simplemente. La gente de esos lugares era muy amigable y buena, pues compartían sus productos con nosotros con mucho gusto.

No tengo la certeza, pero calculo que llegamos a nuestro destino en un promedio de 12 a 16 horas. Creo que el viaje duró un solo día porque no me acuerdo que hubiéramos pernoctado en alguna de esas chozas. También llevábamos linternas y faroles para iluminarnos en caso necesario. Todo estaba previsto y gracias a Dios tuvimos un buen viaje, ¡sin ningún percance!

Todos estos bellos recuerdos aún los tengo almacenados en mi mente y a pesar de los años transcurridos aún puedo sentir la fragancia de las plantas y las flores que vimos en ese viaje al que yo lo llamo un viaje inolvidable. A través de este articulo, quiero preservar y pasar estos bonitos recuerdos a mis hijos, nietos y todo aquel que lea esta nota.

En Moyobamba pasé gran parte de mi vida, toda mi infancia y aun mi adolescencia, solo regresé a Tarapoto con mi título profesional para iniciar mi carrera docente en esa ciudad y conozco muchos bellos y exóticos lugares de mi país en sus tres regiones.

Viví unos años en Tacna, la Ciudad Heroica, al sur del Perú, después en Lima muchos años y ahora radico en Nueva York, Estados Unidos.

Tarapoto es actualmente una gran ciudad, nada tiene que envidiar a las grandes urbes. Su tráfico aéreo es intenso y su tránsito terrestre a través de la carretera “Marginal de la Selva” le pone en contacto con los más remotos lugares de la costa, sierra y selva del Perú.

El viaje en auto de Tarapoto a Moyobamba hoy en día solamente demora dos horas más o menos, dependiendo del clima y la pericia del chofer y hasta los más audaces lo hacen en motocicleta. En avión es un subir y bajar. El vuelo dura casi nada, son solo minutos. Antes de terminar quiero expresar mi agradecimiento sincero y profundo al ex presidente peruano ya fallecido, señor Fernando Belaunde Terry por sus visitas continuas, por sus obras y sus frases de elogio a esta gran región, la Selva del Perú. Gracias al presidente Belaúnde tenemos una gran vía terrestre bautizada por él como la “Carretera Marginal de la Selva” y ahora rebautizada carretera arquitecto Fernando Belaúnde Terry en su honor.