Fecha: 6 de diciembre, 2017 - 4:50 am

Ecuador: La guerra de los presidentes


En su primer mes de gobierno, el presidente de Ecuador, Lenin Moreno, llamó al diálogo con la oposición para lograr gobernabilidad y consensos; pero la lucha interna en Alianza País, partido que lo llevó al poder, provocaría un huracán en el oficialismo ecuatoriano. Días antes de que Rafael Correa llegara a Ecuador, Moreno tomó el control del mencionado partido. Y entre aplausos y abucheos, Correa regresó de Bélgica, donde se encontraba desde mitad de año, para retomar el control de Alianza País, calificando de “traidor” a Moreno, quien quiere plantear otra agenda en el movimiento y, de esta forma, convocar otra directiva nacional. Muchos analistas no están seguros que pasará con Moreno porque algunos políticos piensan que se ha sobredimensionado el regreso del ex mandatario.

Recordemos que, por diez años, Ecuador tuvo una ideología como la de Venezuela: tomar el pensamiento de las masas a través de la imagen de un caudillo mesiánico (Correa, evidentemente), aumento de las violaciones a la libertad de prensa y deterioro de las instituciones democráticas. Al dejar en mayo el Palacio de Carondelet, sede principal del Ejecutivo, el legado fue el sobredimensionado gasto estatal, el debilitamiento del sector privado y el frenazo económico.

Si hubo crecimiento económico durante el gobierno de Rafael Correa fue exclusivamente por el boom del petróleo. Entre el 2007 y el 2008 el precio del barril estuvo en US$ 130. El PBI, por ejemplo, pasó de US$ 51,000 millones a US$ 100,000 millones al final del correísmo, mientras que el índice de pobreza disminuyó de 36.74% a 25.35% en una década. Sin embargo, en sus dos últimos años Correa ya enfrentaba una caída de precios del petróleo con una economía dolarizada —que no permitía ajustes monetarios— y fuertemente dependiente de las materias primas.

Ante esta situación, el presidente Moreno ha decidido enfrentar el exceso de gasto fiscal que crea déficit y acercarse al sector privado. En ese camino llegó a pechar a la gestión de Correa con la siguiente frase: “Ahora se ha dado por llamar revolución a cualquier pendejada”. Moreno no deja de subrayar que encontró un país quebrado, mientras sus índices de aprobación ciudadana sobrepasan el 80%. Moreno está tan confiado en sus posibilidades que ha comenzado a proponer la figura de la “consulta popular” como un mecanismo constitucional para reformar el sistema político, profundizar la participación ciudadana, lograr la transparencia en la elección de autoridades y el equilibrio de los poderes del Estado. Con estas audacias, Moreno aparece a la ofensiva, frente a un Correa que comienza a defenderse.

El trasfondo del enfrentamiento entre Moreno y Correa es la disyuntiva si Ecuador sigue el modelo del socialismo del siglo XXI o el de apertura económica y política. ¿Prevalecerá un poder autoritario? ¿O se construirá un sistema de tolerancia y contrapesos? En todo caso, Moreno seguirá ajustando el gasto público y se mantendrá firme frente a la corrupción; como lo hizo en agosto al destituir a su vicepresidente, Jorge Glas, vinculado en el Caso Odebrecht.

También enjuiciando a altos funcionarios correístas. En uno de sus recientes discursos Moreno resaltó que su proyecto político no es estatista; más bien cree en la convergencia entre el Estado, las empresas privadas y la economía solidaria, tal como lo indica la Constitución.