Fecha: 2 de diciembre, 2017 - 4:30 am

Mario Benedetti: El luchador social Gracias vientre leal (condensado)


Semblanza.
Uno de los más grandes escritores latinoamericanos del siglo XX que participó activamente en su avance y transformación social. Poeta y narrador uruguayo, nacido en Paso de los Toros.

Desempeñó diversos oficios: vendedor, contador, cajero, periodista, traductor y funcionario público.

Se adhiere activamente a la causa revolucionaria, por lo que tiene que exiliarse tras el golpe militar en su país. Estuvo en: Argentina, Perú, Cuba y España.

Su obra, aborda un tema hasta entonces no tocado por nadie: el mundo de las oficinas y del pueblo trabajador, las secretarias en el ascensor yendo a servirse refrigerios, los novios en el cine, el trabajo de la gente en la ciudad, lo individual y lo colectivo en el ajetreo de la gran urbe. Lo vemos en “Poemas de la oficina”. Muchos de sus poemas han sido musicalizados. Jamás sus cuentos y poemas se desprendieron de la realidad inmediata. Los personajes de la clase media son presentados con hondura psicológica y cálido sentimiento de fraternidad y amor. Luchan contra la gran urbe de fierro y cemento para no deshumanizarse, más bien vigorizarse conservando su individualidad cada uno de estos héroes anónimos.

En sus cuentos denuncia las relaciones humanas disfrazadas por los verdaderos convencionalismos sociales y otras tensiones de la vida moderna. Los acompaña siempre con la crítica mordaz, la ironía social, el humor y la sátira, unida al testimonio directo y dolorido, pero apuntalando con la reflexión política. Su lenguaje es sencillo, el de la gente que se ajetrea trabajando. Con sinceridad y fuerza denuncia la frustración social.

Gracias vientre leal
(condesado)

“A nadie”, había dicho el Colorado, esa noche, “ni siquiera tu mujer debe saberlo”. Al día siguiente, temprano, tendrían que llevar a cabo, con Alfredo, la peligrosa misión. El riesgo que corrían implicaba guardar el más absoluto silencio. “¡Ni a tu mujer, ya sabes eh! Bastante caro hemos pagado ya eso y otros liberalismos”.
Como siempre Marta le esperaba en la cena y estaba más linda esa noche, con su vestido azul, tanto que a él le vinieron unas ganas tremendas de quitárselo. “¡Que linda estas hoy!”, le dijo. “¿Hoy nomas? Vos en cambio estas feo”, bromeó ella. “El hombre es como el oso”. “Sí, mientras más feo, más espantoso”. “Mira, no limpies la cocina esta noche. Déjalo para mañana. Ven, quiero quitarte yo el vestido”. Extrañada ella dijo “¿Qué pasa amor?” “Nada”, le respondió. “¿Y usted no se piensa desvestir, compañero?” marta advirtió que esta era una noche excepcional. No sabía la razón; pero cuando lo sintió emocionarse hasta las lágrimas, pudo suponerlo. Ya no fueron tan necesarias las palabras en el cariñoso lenguaje “cifrado” del amor: quedaron fatigados, satisfechos, unidos.
“Hacía mucho que…” “Sí, ocho años de casados. Decime: ¿pensás seguir militando?”, preguntó ella. “A veces tengo miedo, todo se está complicando. Ya han caído tantos”. “Ten cuidado: no asumas riesgos mayores” “¿Vos me quisieras si me acobardo y flaqueo?”
Sumida en la sinceridad, así le habló: “No sé, pero es que . . . creo que te querría igual. Estoy contenta porque nosotros andamos bien. Lo del país me amarga claro, pero te confieso que todavía no soy tan generosa para anteponer el destino del país al nuestro. Para mi vientre vos sos mi único compromiso. Lo que pasa es que soy un vientre leal ¿No crees?” Él la abrazó fuerte. Se durmieron de a poco, confortándose con la piel del otro, como si el simple tacto los pusiera a salvo de aquella desgracia.

Cuando aclaró, el se despejó por completo. Marta dormía boca abajo, sin sabana: realmente una gloria. Se vistió rápido y en silencio, y antes de irse garabateo en un papel: “gracias vientre leal”.