Fecha: 14 de noviembre, 2017 - 3:35 am

El Estado incompetente ¿Quién sale ganando?


Daniel Vecco Giove

Faltan pocos días para que finalice este año signado por la opacidad; por la carencia de progreso. A alguien se le ocurrió denominarlo como “Año del buen servicio al ciudadano”; a falta de ideas quizá o con ingenua esperanza basada en el simple deseo. ¿Buen servicio? ¿No será un concepto muy abstracto, en un país donde reina la anarquía y el saqueo de todo por casi todos como una triste constante? En principio, los peruanos del promedio ¿somos ciudadanos? ¿Existe un país?

Podríamos decir que el mayor fracaso del Estado Peruano radica en su incapacidad para consolidar su propia institucionalidad. Podría argumentarse de que faltan recursos; que la inversión privada no es la suficiente; que necesitamos más vías de acceso; que necesitamos más leyes; que nuestros planes están en proceso; que tenemos problemas complejos, pero que somos más grandes que nuestros problemas; o que la Selección clasificará al mundial y todo será diferente, por recordar algunas sentencias trilladas. Todas son verdades muy parciales y eso hace de éstas, cínicas justificaciones. La verdad detrás de todo es que no existe voluntad de ser país genuino por quienes nos gobiernan, porque ahí donde iniciaría la más alta decisión, el germen del Estado exclusivista controla todo amago de refundación.

¿La corrupción es un problema? Técnicamente no existiría tal infausto hecho, pues lo que se entiende por corrupción; la degradación de un sistema político o en lo práctico: el tráfico de influencias, el remate de nuestros medios para generar riqueza o el saqueo de las arcas de todas nuestras contribuciones, no son un accidente; es la razón de ser de este Estado exclusivista. O sea, mientras muchos pensamos que quienes gobiernan hacen denodados esfuerzos por superar retos seculares; la verdad es que sólo fungen de administradores de un sistema donde legalidad e ilegalidad son unidad monolítica.

Quienes algunas vez pensamos que la producción y el tráfico de drogas, la minería informal, la destrucción y saqueo de “nuestros bosques”, la pobreza y toda su secuela ideológica; eran la antítesis de un Estado nacional, democrático, seguimos teniendo razón. Pero nos equivocábamos al creer que ese ideal de Estado es el que ahora mismo nos han impuesto, y que mucho más debe su existencia a la continuidad de todas esas lacras que hemos mencionado. Las fuerzas que dirigen la economía son muy poderosas, pero paradójicamente necesitan de gobiernos que trabajen frenéticamente para subsidiar su despliegue; que abdiquen en la función de salvaguardar el interés común; algo que en cualquier país de gente con visión de futuro sería tomado como “traición a la patria”.

No es por casualidad ni por descuido, la imagen que el Estado construye de sí mismo. La ineficiencia y la corrupción son ahora vistas por los seudo-ciudadanos que somos, como algo normal, inherente a la función pública. Los políticos del montón no pierden con este desprestigio; todo lo contrario: se refuerza la idea espuria de que la intervención privada sin regulaciones nos salvará del desgobierno. Aquí radica la esencia de esta sólida “alianza pública-privada” que sostiene la impostura del sistema. Esto es lo que nos convierte en una anarquía, bajo un régimen oligárquico con forma republicana.

Para completar el cuadro, es justo decir que ya contamos con un sistema educativo que idealmente se sincroniza con la hegemonía informativa de grandes y pequeños medios, para arraigar la cultura de la indefensión en millones de peruanos. La oligarquía ha sido exitosa en lograr que tantas personas no conozcan de su historia ni del Perú; sin que ello impida que orondos luzcan una “blanquirroja”, por primitivo instinto de grupo; mientras cada día el “gran encuentro” por recuperar sus derechos confiscados se pierde por w.o.

Si usted, estimado lector, piensa que estas líneas están plagadas de pesimismo, ¡tal vez tenga razón! Pero ¿cómo sería posible para una persona que aún conserva grandes esperanzas por el futuro, caminar entre montañas de desperdicios en la ciudad, sin sentirse por lo menos incomodado? ¿Qué habría detrás de quienes abogan por la pena de muerte para los violadores sin pedir lo mismo para los funcionarios coimeros; acaso la corrupción no mata? La actitud crítica y no la complacencia, es el lugar que hoy exige la apuesta entre un país civilizado o la barbarie: la elección es nuestra.