Sin Utopias

 Sin Utopias

Por Ricardo Quevedo Ramirez

EL AMOR A VECES NOS HACE COMETER TORPEZAS

Pido disculpas públicas a una amiga que no voy a mencionar su nombre. Ella fue una de mis personajes literarios; tiene un sitio ganado en la sociedad a costa de todo esfuerzo. Es como cualquier mujer, pero sabe decir las cosas tal como son; sabe explotar, cuando tiene que explotar; sabe callar, cuando tiene que callar; sabe escuchar con inteligencia, cuando tiene que escuchar; sabe guardar la serenidad del caso, aún en los momentos de peligro; sabe acompañarte en el dolor de familia, aún cuando es ajena a esa misma familia; sabe dar los mejores consejos cuando te ve equivocado en ciertas cosas o cuando estás equivocando tu propia vida en algo que no te corresponde, su cuota de orientación es: no le exijas nada a la vida, lo que no te ha de dar.
EL AMOR A VECES NOS HACE COMETER TORPEZAS. Es como cualquier mujer, pero cuando le ganas la confianza, te paga con la misma confianza, y que si alteras aún en lo mínimo aquel bendito don de ese valor inmaculado que es la confianza, te retira inmediatamente aquella bendita gracia caída del cielo. Esto duele más que una puñalada al pecho, porque el dolor que reporta los efectos de un puñal, es determinante que te acaba en el acto mismo; pero el dolor del retiro de confianza, ciertamente no te acaba en el mismo acto, pero se extiende para toda una vida, cargando una pesada cruz de martirio y de angustia.
Alguien que te retire la confianza (sobre todo si una dama te quita este privilegio), es como sentirse un Adan y una Eva, a quienes Dios no sólo les retiró la confianza, sino también fueron arrojados del más bello y ecológico lugar del paraíso, para sufrir los calvarios y las penurias de la vida terrenal.
EL AMOR A VECES NOS HACE COMETER TORPEZAS. Es como cualquier mujer, pero tiene el don de la paciencia, de saber soportar lo que humanamente hay que soportar; tiene el don de hablar con gracia, con dulzura, con calma, con encanto y con la seducción de seguir escuchándola; tiene la mirada concentrada y dirigida a tus propios ojos, como queriendo adivinar lo que estás hablando o como queriendo adelantarte lo que pretendes confesarla; tiene el silencio cómplice de sí mismo, pues no guarda rencor a nadie.
No justifico mi error, el error está ya cometido. Lo que me mortifica es perder a un personaje literario de valía; me mortifica más perder su divina confianza y perder su grata amistad. Esta angustia lo llevaré dentro de mí para siempre.
Ciertamente la vida continúa. Claro, continúa. Pero no de la forma que hubiese querido que continúe. Si acaso contra toda utopía, se me otorga una vez más esta divina confianza; no solamente dejará de ser ya mi personaje literario, sino bajo siete llaves tendré guardada su vida privada. Porque así como ella es sagrada, la vida pública y privada, también son sagradas.
El personaje verídico te puede cuestionar. Nadie sabe hasta dónde le puede gustar o convenir lo que escribes sobre él o ella; nadie sabe qué otras motivaciones internas puede tener al dar luz verde, alguna referencia sobre su caso.
No todos somos proclives a que nos ventilen públicamente nuestros atributos de vida; pero también hay otros que tienen otra concepción menos complicada y menos rigurosa de los asuntos personales, no es porque dejen de ser menos o menos estéticos; no, simplemente el ser humano se divide en dos temperamentos: hay algunos que están curados de todo tipo de heridas, habidas y por haber, aunque le golpees, no siente y si algo siente, lo toma el caso de una manera pasajera y deportiva.
En cambio hay otro grupo de temperamento humano, ni bien le tocas, o le das un pequeño rasguño, cual herida abierta, inmediatamente chorrea la sangre.
Esta es nuestra tendencia humana y esta es nuestra abierta y atributa psicología de temperamento personal con la que nos presentamos al mundo. Y si algo caro tengo que pagar, por algo, dentro de mi pulcritud de alma y de mi noble sentimiento de querer resaltar mucho más a mi personaje que me está retirando la confianza, créeme, lo digo sin vergüenza, con lágrimas lo estoy pagando.
Con el personaje de ficción, no se tiene ningún problema, no te cuestiona, no te pide cuentas y tampoco le pides opinión sobre su caso a ser ventilado; uno tiene la atributa libertad de engrandecerle o de bajarle al llano; de darle el honor y el privilegio, como también de convertirlo en villano y en un pobre humillado. Lo haces con la absoluta libertad del narrador omnisciente. Uno duerme tranquilo sin que te felicite o te llame la atención. Todo lo contrario al personaje verídico.

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