Caminatas

 Caminatas

Remembranzas
Pedro Emilio Torrejón Sánchez
Columnista

Éramos unos « curuchupas », andábamos a nuestro gusto por todo lado. A los siete años había motivado a algunos amigos de infancia a acompañarme para caminar desde nuestro barrio hasta la chacra de mis padres (ROJUPE).
El tiempo pasaba, nosotros crecíamos…y nuestra sed de conocer otros lugares, también aumentaba. Es así que nos íbamos a bañarnos en las pozas del río Cumbaza : el « Vacapozo », « Metovado », « Pihuichopozo » ; en la laguna Venecia de don « Boquichico » Reátegui ; en el « Shilcayo » (de preferencia cerca del « Achual ») ; hasta en el « Choclino » nos hemos zambullido.
Me acuerdo que una vez nos dirigimos en dirección del « Choclino ». Caminábamos tranquilamente bajo el Sol ardiente. Alguien había llevado una talega llena de caimitos. Así que íbamos comiendo caimito en cantidad. Llegó un momento que no podíamos ni hablar porque la resina de dicho fruto hacía de pegamento entre nuestros labios. No sé cuánto tiempo nos tomó para llegar a nuestro destino, lo cierto es que al arribar teníamos una « quicharrea » de los mil diablos. Todos corríamos en dirección del riachuelo, bajando nuestros pantalones para entrar en el « Choclino » y expulsar lo que nos había removido el estómago. Nos quedamos un largo tiempo en las aguas de esta quebrada. Creo que fue la primera vez que el « Choclino » era polucionado. Una vez aliviados, nos lavamos bien y tomamos dirección a nuestras casas. De regreso no hablábamos nada porque nuestros labios estaban muy colados. Teníamos en mano algunas piedrecillas por si a caso si algunos « quishquis » quisieran mordernos. Al llegar al barrio estábamos muy « telenshos ». Cada uno en su respectivo domicilio buscó un poco de aceite y estuvo frotándose los labios hasta que toda la resina del caimito desapareciera. En otra oportunidad volvimos al « Choclino », y mi hermano Juan, según Carlos Ramírez (Carlín Chaplín) quiso defecar ; se introdujo en el riachuelo e hizo lo que debía hacer. Nos llamó a voces porque su excremento era de color verde. Hasta ahora no sabemos el porqué de la situación. Uno de nosotros dijo : « Parece un loromachacuy ».
Los jóvenes de hoy no podrían creernos que no muy lejos del centro de Tarapoto, cada casa tenía su jardín, su patio. Entonces se veían más casas de barro y cercos de quincha. Las calles eran de tierra. Cuando el viento soplaba fuerte, uno tenía que protegerse, de preferencia los ojos, de la polvareda que había…sino, los ojos se transformaban en ojos de brujo, rojos, y los cabellos se quedaban « pacuchos » y el aire, ese, nos dejaba « quintishos ».
Durante nuestras caminatas nos cruzábamos con los enfermitos mentales de la ciudad : el « Jaime Loco » (que era más alcohólico que otra cosa), con la « Shabi » (peinaba canas y vociferaba lisuras), el « Belisho » (que se abotefeaba así mismo) y el « Matraca » (que andaba casi desnudo y bailaba). Una noche, mientras hacía mis deberes escolares en la oficina paterna en compañía de mi progenitor, se acercó por la ventana el « Belisho » y, cordialmente le dijo a mi padre : « Don Pedrito,…¿me podría usted prestar un libro de Rubén Darío ? ». Y mi papá le respondió : « Don Belisario, lo siento mucho. No sé a quién lo he prestado y no me lo ha devuelto. Vuelva otro día ». Y yo le dije a mi progenitor : « ¡Has hablado con un loco…! ». « Así es…, leyó mucho y se quijotizó », añadió mi padre. Es raro enloquecerse a causa de la lectura, sin embargo yo conozco gente que está enloquecida por no haber leído.
Caminando por las calles de Tarapoto, pasábamos por la notaría de don Emnegardo Flores Hidalgo que se encontraba ubicada entre los jirones Rioja y Manco Cápac, no muy lejos del Club Social San Martín. Le he conocido siempre gordito, gracioso y amable. No me acuerdo haberle visto con zapatos, pero si con sus sandalias de cuero. Era nuestro notario. Como mi padre era dirigente del partido político del arquitecto Fernando Belaúnde Terry (Acción Popular), don Emnegardo le dijo a mi papá : « Pedro, te tengo que decir la verdad… : yo soy aprista de mi cintura para abajo, ¿puedes creerme ? ». Mi padre respondió : « No lo sabía…¿Y por qué ? ». Don Emnegardo añadió : « ¡Porque el APRA nunca muere ! ». En otra oportunidad fui a buscar un documento que necesitaba mi papá, llegué a la oficina de don Emnergardo Flores y me dijo : « Pasa, cholo ». Y en eso se presenta un señor diciendo que viene de « Pelejo », que está apurado y que desearía hacer legalizar unos documentos. Don Emnergardo me dijo : « Pedrito, un ratito ». Y al señor : « …Haber escriba su nombre, su dirección, su edad, su estado civil ». El fulano le da todo los datos requeridos escritos en un papel. El notario lee en voz alta : « Juan Sangama Torres…, dirección, muy bien…, 47 años…¡Soltero ? ». Retiró sus gafas, me miró un instante y dirigiéndose a la persona de Pelejo dijo : « Hummm…¡Soltero maduro,… ! « Bengo, seguro ! ».
(Continuará)

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