Sin utopias

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Cuidado con el perdón en Semana Santa

Ricardo Quevedo Ramìrez

En mi rutina de lectura diaria de la Biblia, me encontré con un texto donde Cristo mientras agonizaba en la cruz, le decía al hombre que estaba a su costado, quien a su vez soportaba el castigo de ser crucificado sobre un madero. Las frases de Cristo que revolucionaron la mente de muchos hombres era lo siguiente: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Este es el telón de fondo de la vida cristiana; pero también es el telón de fondo de la contradicción para mucha gente que tiene poco o ningún cimiento bíblico. Ya es casi una costumbre los efectos permanentes de la violencia en la sociedad, en las instituciones, en los hogares y en las propias individualidades, cuyos corazones tienen como característica la soledad, el dolor y la angustia.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”, es la promesa dirigida a un delincuente, que tenía la suerte de ser crucificado al costado de uno de los grandes revolucionarios; el otro compañero del maleante también venía soportando con justa razón el merecido castigo.

Mientras que Cristo, como verdadero patriota judío, inocentemente iba recibiendo no sólo los golpes físicos de gente miserable, sino también terribles humillaciones, fuertes calumnias y duros golpes psicológicos, que para la gente común y corriente, al recibir estos golpes bajos, inmediatamente reacciona a favor de su defensa, buscando un abogado que le siga el trámite en busca de una reparación civil y el encarcelamiento del demandado.

En una mentalidad superior como la que exhibía Cristo, no había espacio, ni tiempo para la disputa, para la revancha, ni mucho menos para la venganza. Por ello le miraba al hombre no como el elemento de oportunidad para sacarle alguna tajada económica cuando cometía alguna falta o algún delito.

Le miraba más bien como la buena oportunidad para experimentar su sagrada misión del perdón, que el delincuente al ser perdonado sus delitos, gozaba inmediatamente de una tranquilidad interna, cuando se le comunicaba que iba a ser partícipe de estar en el paraíso con el más grande de todos los revolucionarios.

Pero, interpretemos bien el perdón. Cristo no tenía dificultad para decirlo, porque afín de cuentas era la máxima autoridad de la moral y de la espiritualidad; pero nosotros los mortales, que no sólo tenemos estas limitaciones, sino que permanentemente el hombre busca mil justificaciones, tratando de acomodar todas las cosas a su propia realidad de los beneficios.

Con este temperamento del hombre que le gusta ganar solamente sin perder nada, hablar de perdón con esta limitante cualidad personal, es bastante peligroso, porque solamente el perdón lo hará de forma externa y de labio, pero internamente seguirá con ese recuerdo de víctima, que leve o gravemente fue afectado; seguirá siempre con esa actitud: “está bien te perdono, pero no me olvido”.

Cristo, reitero, no tenía el pensamiento a medio funcionar; no tenía el sentimiento de ninguna contradicción, ¿por qué?, porque tenía la conciencia limpia. Es más, porque transmitía una personalidad con autoridad, con firmeza de carácter y con solvencia moral a toda prueba.

Ciertamente el delincuente querrá arrimarse del perdón de una manera permanente. Esto también podría ser bastante peligroso. El delincuente pensará: “como existen nobles personas que han de perdonarme, entonces sigo delinquiendo, sigo matando, sigo robando, sigo estrangulando y sigo violando”.

¡Cuidado!, el tiro podría salirnos por la culata. Simplemente lo que debemos hacer es, saber contextualizar las actitudes personales y los hechos de la historia, pero no los delitos de ningún tipo, ni de ayer, ni de hoy, ni de mañana.

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