Yo estuve en las bodas de Canaán, 3

 Yo estuve en las bodas de Canaán, 3

Las expresiones de María dirigidas a Jesús parecían ser una invocación desesperada. Y solo Juan, de la totalidad de seguidores del Maestro, se percató de esa situación. Me llamó la atención la respuesta que recibió María: “Madre, ¿qué cosa quieres que yo haga? Este asunto no es mi problema; mi hora todavía no ha llegado”. Sin embargo, Jesús, en compañía de su madre se dirigió al salón interior desde donde surtían el vino de las esponsales. Juan, que estaba cerca de mí, me dirigió una mirada. Creí entenderle el gesto como invitándome que vayamos al lugar adonde se dirigió Jesús. Al estar junto al grupo de ayudantes de la boda, ordenó el Maestro que llenaran de agua los cántaros. Ante la incredulidad del grupo, María les reconvino: “Por favor, hagan lo que Él les pide”. Los ayudantes llenaron de agua las tinajas. Un minuto después, ante la sorpresa de casi todos, el agua se había convertido en vino. Luego, comenzaron a servir el espirituoso licor en una nueva tanda.

Uno de los principales asistentes a las bodas no pudo menos que felicitar al novio por la calidad del vino, que estaba más exquisito que los de la primera vuelta y le dijo: “¡Te pasaste, amigo! ¡Quisiste cerrar con broche de oro ofreciéndonos el mejor vino de tu cosecha y vaya que lo lograste! ¡Amigo, todo te salió perfecto esta noche!

Ya en la sala, Juan me dijo: “Esto es realmente un milagro. Seguro vendrán otros y poco a poco me voy convenciendo que Él es el Mesías”. Y le dije que yo también estaba conmovido. Casi de casualidad descubrí que el Iscariote miraba con lascivia y deseos pecaminosos a la recién casada, que no tendría más de quince años y era realmente bella.

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Al despedirme de Juan, de Jesús, María y los demás, me retiré a mi posada y lo primero que pensé es si sería prudente acompañarles en sus itinerarios por la región de Galilea, abandonando mi plan de dirigirme a Fenicia, porque lo que presencié fue algo extraordinario. Reflexioné si los hechos de Jesús desembocarían en el futuro en la fundación de una religión y con su legión de fanáticos que sus crímenes y estulticias lo justificarían considerándose sus seguidores e invocando su nombre. Todo esto pensaba esa noche después de la boda porque, de lo poco que conocía de las religiones, es que los fanáticos o falsos creyentes son los que más imploran la bendición de sus dioses. Nunca faltarán los fariseos.

Al día siguiente, después de disfrutar de un desayuno en la posada tomé mis bártulos para dirigirme a Sidón. En la afueras de Canaán tuve un encuentro imprevisto con Jesús, María y sus seguidores, a quienes se habían sumado los hermanos del Maestro. Juan vino a mi encuentro y me dijo que se dirigían a Cafarnaum donde estarían solo unos días y me invitó que cuando pudiera los acompañara, prometiéndole hacerlo a mi retorno de la tierra de los filisteos. La víspera había vivido momentos que ojalá Juan los rescatara para la posteridad. Me quedé mirándoles cuando hacían su caminata y, de pronto, Jesús miró hacia atrás y me hizo una señal de despedida, hasta que se perdieron en la lejanía. Nuevamente estaba conmovido. (Comunicando Bosque y Cultura).

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