De la vacancia y otros infortunios

 De la vacancia y otros infortunios

Vacancia, vacancia, vacancia. ¿Cuán común se puede volver una palabra tan rimbombante como amenazante? ¿Y cuánto varía su significado con el incesante manoseo al que es sometida? Esgrimida en el último lustro con inusitada frecuencia al amparo de argumentos siempre fútiles, se ha convertido en parte del argot político cotidiano desde que el fujimorismo copara el legislativo allá por el 2016.

Tampoco vamos a exagerar. No es que los Fujimori y su séquito inventaran el término. De hecho, se ha planteado y usado antes para deponer presidentes (al mismo Alberto Fujimori se le aplicó tras no aceptarse su renuncia por fax) pero siempre se consideró un recurso extremo. Los primeros años del siglo XX fueron testigos de su aplicación y los últimos, también. Durante el resto del tiempo fue una palabra demasiado fuerte, nunca usada con ligereza.

En contraste, en el último quinquenio Fuerza Popular – contando en varias oportunidades con el apoyo de la derecha más recalcitrante – ha invocado o respaldado este recurso en cinco ocasiones: dos contra Pedro Pablo Kuczynski, dos contra Martín Vizcarra y, según lo anunciado por su lideresa, una contra Pedro Castillo. Resulta curioso anotar que, en reiteradas oportunidades, tirios y troyanos se han cuestionado por la crisis política crónica en la que el Perú parece vivir, endilgándole toda responsabilidad al bando contrario. Cada quien interpreta a su antojo el haber tenido, en apenas cinco años, números dignos de una república bananera: cinco presidentes, tres congresos y un centenar de ministros. Pero hasta el más naranja debiera reconocer que tal vez – y solo tal vez – el presentar en promedio una vacancia por año alguna relación pudiera tener con el desastre descrito.

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Lejanos quedan los días en los que Ejecutivo y Legislativo se pechaban, interpelaban y hasta denostaban mutuamente, mas sin pretensiones de aniquilarse. Hoy, la aniquilación es la consigna. Mantenerse al frente de un poder del Estado es sinónimo de matar o morir y poco importa la voluntad popular. La paranoia con la que cada quien defiende sus particulares intereses nos ha confinado al desasosiego y el infortunio. El pueblo deviene entonces en una entidad abstracta a la que no es conveniente escuchar una vez concluida la pantomima electoral y ganar en las urnas ya no significa absolutamente nada. Los resultados se desconocen y cualquiera puede ser vacado con la fuerza de los votos en un parlamento impúdico. No importa si eres Pedro “el gringo” o Pedro “el rondero”, te va a ir mal igual porque osaste vencerme y la democracia es prescindible cuando tú ganas y yo pierdo.

Hace poco reflexionaba acerca de lo sucedido un año atrás, cuando se subestimó el sentir de las calles y – mediante una vacancia – el conservadurismo usurpó el poder. Cual cruel déjà vu, nos alistamos para repetir la misma historia. Porque, si somos honestos, en Lima las manifestaciones pro-vacancia no convocan más que a grupos filofascistas y en el resto del país no existen. ¿Insistirán los vacadores en imponer su voluntad sin buscar primero el favor popular pese a lo sucedido el nefasto 2020? Tal proceder se explica únicamente por una necedad criminal o por un genuino menosprecio a los gobernados que no pertenecen a la élite racista y clasista de nuestra comarca virreinal, esa que no entiende el porqué se permite el sufragio de los resentidos sociales cuyos odios – deducen entre risotadas y murmullos de sobremesa – nacen de su incapacidad para resignarse a ser la última rueda del coche.

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