martes, mayo 17, 2022

Los pavos del diputado

Jorge R. Arévalo Delgado fue diputado del departamento de San Martín en el periodo 1956-1962. Eran los tiempos en que un diputado no era cualquier hijo de vecino, por decirlo de manera elegante. Coincidieron con el diputado Arévalo, como representantes de nuestro departamento: Arturo Maldonado Cárdenas, Rafael Cobos Vásquez, Waldemar Tello Torres, Warren Ríos Pinedo y Grimaldo Reátegui Weninger.

En 1957 funcionaba en Moyobamba la sede departamental de la 18ª. Comandancia de la Guardia Civil del Perú. Como es casi anecdótico, y verdad, hasta los años sesenta del siglo pasado la mayoría de los guardias civiles eran o de Moyobamba, o Rioja o Soritor. Por eso la gente solía expresar, cuando llegaban a los pueblos los nuevos policías: “Segurito el nuevo guardia o es de Moyobamba, de Rioja o de Soritor”. Y casi siempre era cierto. Me consta esta situación, así que no tengo temor en decirlo. Y la historia que les transcribo me lo contó, como siempre, el profesor Amílcar Rodríguez del Águila.

En esos años, en la comisaría de Moyobamba prestaba servicios un guardia de apellido Alvarado, natural de Rioja, quien se caracterizaba por ser dinámico, “mosca”, siempre adelantarse a las situaciones por lo que diligencias especiales le encargaban con la mayor confianza, como ocurrió ese año de 1957 cuando el diputado Arévalo, aprovechando el receso del Congreso por fiestas patrias, llegó en una visita de trabajo a la capital departamental.

En esos tiempos, los diputados disfrutaban de preeminencias y el cargo era de gran prestigio, lo que les hacía ser merecedores de regalos especiales y no era visto como corrupción, sino como un caso más de las relaciones humanas. En efecto, ese mes de julio, el diputado Jorge Arévalo recibió de obsequio diez pavos que no pudo llevar consigo cuando retornó a Lima, teniendo que dejarlo encargado en custodia en la Comisaría moyobambina. El jefe de la comandancia comisionó al guardia Alvarado como responsable del cuidado de los diez “abogados”, y supo sacarle provecho al trabajito.

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El guardia Alvarado, filosofando, se dijo: “¿Y por qué solo el diputado puede beneficiarse de estos regalos? ¡Bueno, pues, veremos! ¡Para zonzos,…!”, y le pidió al Comisario que le autorizara llevar los pavos a su huerta en Rioja. En la bella y otrora “ciudad de los sombreros”, el guardia Alvarado, ya sin supervisión directa, organizaba francachelas los fines de semana, y en algunas oportunidades invitó al mismísimo comisario departamental, como al subprefecto de la provincia, para disfrutar sabrosos pavos al horno. Dos meses después, cuando el diputado Arévalo solicitó al Comisario Departamental que le despachara los diez “tinterillos”, solo pudo hacerlo de cuatro, porque, según la explicación de Alvarado, en esos dos meses que tuvo los pavos en custodia, en Rioja se presentó una severa peste que barrió con casi todos los plumíferos. El Comisario, conociéndole a Alvarado como grandísimo pendejo, solo sonrió y le dijo: “Oye huevón, espero que no termines comprometiéndome, pues estoy por ascender al grado de coronel”. (Comunicando Bosque y Cultura).

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