Yo estuve en las bodas de Canaán, 1

 Yo estuve en las bodas de Canaán, 1

Cuando llegué al pueblo aquella tarde de los años veinte del presente milenio había un alboroto tremendo. Encontré personas que corrían de un lado a otro, como desesperados y ansiosos. En esa oportunidad, como saliendo de mi costumbre de andar siempre acompañado, iba solo y preferí así hacerlo para tener más libertad de movimientos, en una mañana soleada como son las tierras vecinas al Mediterráneo. Al primer poblador que se cruzó en mi camino me animé a preguntarle la razón de esa inquietud y me dijo que esa noche se celebrarían unas bodas y anunciaban la presencia de un individuo del que decían que era el Mesías.

Canaán, como se llamaba el pueblo, no formaba parte de mi itinerario desde que había salido de las tierras de Egipto dirigiéndome hacia el norte, porque me vino el interés en conocer la tierra de los fenicios, pues de ellos decían que habían hecho muchos inventos y se destacaban en el arte de los negocios, una habilidad para el que me consideraba un reverendo inútil. La curiosidad y un poco el querer aprender algo del que no me habían dotado los dioses era la razón de mi viaje. Pero, por lo pueblos que pasé y las comarcas en donde me detuve por algún motivo, se hablaba de ese hombre que tenía una personalidad avasalladora. En ese tiempo todavía no se sabía que tenía el don de hacer milagros. Las malas lenguas, que no faltan, murmuraban que habría hecho su aprendizaje en la lejana India, y de esto hablaban los fariseos. Estos sujetos eran unos metiches, se consideraban sabihondos y mostraban una pedantería agresiva. De repente, andando el tiempo, se dedicarían a la política, y ya me imagino el desastre que armarán y los privilegios que defenderán.

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Especulé si podía tener alguna facilidad para estar presente en las bodas, a pesar de ser un extraño en el pueblo, por lo que decidí alojarme en una posada precaria, pero cómoda al final de cuentas, y esperar la noche. Ni bien oscureció, me acerqué, casi con sigilo, al lugar de la ceremonia, y después que los invitados estaban ya presentes, llegó el hombre al que conocían por el nombre de Jesús, quien estaba acompañado de su madre, como pude darme cuenta después, y otras doce personas quienes tenían diferentes aspectos físicos pero que demostraban tener por el llamado Jesús una tremenda devoción, a quien llamaban Maestro y él, a pesar de la expresión de su rostro casi inescrutable, denotaba bondad y generosidad.

Cuando el grupo llegó a la puerta aproveché ese instante y juntarme a ellos para escabullirme y entrar al local. Esta habilidad me sería útil en el futuro. Quien hacía de vigilante en la puerta saludó a María con bastante deferencia, pero no pudo disimular un cierto azoramiento cuando tuvo a Jesús al frente. El Maestro le dio una palmada en uno de sus hombros como queriéndole decir: “No te preocupes, hombre, que soy una persona indulgente y tolerante y para mí todos son iguales”. Al encontrarme en el interior donde ese iba a realizar la ceremonia, me sentí un poco desubicado y aturdido porque no conocía a nadie y algunos me dirigían algunas miradas incisivas, como inquisidoras. Y fue entonces cuando comenzó a correr el vino. (Comunicando Bosque y Cultura).

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