El país de las incoherencias

 El país de las incoherencias

¿Acaso cabe alguna duda de que vivimos en el país de las incoherencias? Nos vanagloriamos de nuestra prodigiosa gastronomía pero convivimos con niveles de desnutrición y anemia preocupantes en sectores sensibles de la población. Nos encanta presumir de nuestra avasallante diversidad cultural pero nos incomoda reconocer la existencia de múltiples naciones sobre nuestro territorio. Nos fascina ponerle nombres en quechua a nuestros emprendimientos mas cómo fastidia que los asuntos importantes sean tratados en un idioma diferente al español. Amamos lo indígena cuando forma parte de una postal pero detestamos a los indígenas que osan exigir derechos. Nada más peruano que maravillarse con la capacidad de los menos favorecidos para sobrevivir a la adversidad con ingenio y, al mismo tiempo, indignarse cuando se demanda igualdad de oportunidades para que la vida deje de ser tan adversa.

Aplaudimos de pie a quien emergió pese a las injusticias e insultamos al que pide justicia. Los primeros son dichosos por entender que el progreso no se ofrece a todos y los segundos son desdichados antisistema cuya ignorancia los hace oponerse a un progreso que nunca los alcanzará. Si una niña nacida en medio de una empobrecida familia rural no obtiene el mismo éxito académico o económico que un niño citadino con apellido de avenida, es su problema. El pobre es pobre porque quiere y cuestionar ello es difundir odios bajo la extraña óptica del país de las incoherencias.

Evidentemente, al ser la política un reflejo de la sociedad que la engendra, no podíamos esperar menos. Nuestra fauna política – si acaso politiquera – es intrínsecamente incoherente. Enarbola la unidad de la patria pero se fortalece en su división. Solo un nefelibata anhelaría, con genuino fervor, la unión de los opuestos. En ningún lugar del mundo los políticos que se profesan la inquina que merecen los adversarios se convierten abruptamente en aliados incondicionales, salvo previa negociación asolapada. Sin embargo, sí existen principios básicos que se aceptan como límites infranqueables sin importar el color de la camiseta. Abandonar a tu país en medio de una guerra, dar un golpe a mitad de un conflicto bélico (o una pandemia) y propiciar una rendición indigna o una inestabilidad continua con tal de satisfacer apetitos infames son algunos de estos. En el Perú, todos se han traspasado. Todo eso ha sucedido y, por lo visto, seguirá sucediendo.

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En el país de las incoherencias, diera la impresión de que estamos destinados a vivir inmersos en la incertidumbre y en una crisis eterna que, más allá de pequeños respiros – no demasiados para no olvidar lo fatídico de nuestro destino –, nos ha acostumbrado a que ver siempre el vaso siempre “medio vacío”.

Hoy, que caminamos hacia una nueva versión del Perú acéfalo por el fino auspicio de un Congreso decidido a reducir las facultades del presidente para facilitar su vacancia, cabría preguntarse qué nos traerá la marea esta vez. Con la aprobación por insistencia de la ley que limita el uso de la cuestión de confianza – cambiando caprichosamente los alcances de una Constitución que se oponen a cambiar por otra para no ceder a “caprichos” ajenos – y con la reciente revelación de un chat en el que empresarios agremiados en la Sociedad Nacional de Industrias coordinan acciones para desestabilizar al gobierno, no hace falta ser una eminencia científica para presumir qué va a suceder.

Vivimos en el país de las incoherencias. Pero cada vez que la incoherencia rebasa los límites – y rebasarlos es casi un hábito peruano – las consecuencias son imprevisibles. Si ciertos planes se concretan y nos sacudimos del actual ejecutivo, quizá no podamos sacudirnos de lo que sobrevendrá después.

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