El Tongoro Baile: una anécdota riojana

 El Tongoro Baile: una anécdota riojana

La anécdota que voy a referir tiene como referente al profesor Amílcar Rodríguez del Águila y está relacionada a esas historias que los pueblos viven, y Rioja no era la excepción.

En la década del cuarenta del siglo pasado, los riojanos solían hacer sus fiestas con lo que podía haber en ese tiempo. Y el hombre orquesta era don Toribio Rabanal Arista, guitarrista y cantante, quien hacía furor con el tema: “Ya me estoy, ya me estoy yendo (bis), esos tus ojos han de llorar (bis), estos mis ojos tienen la culpa de haberte mirado sin conocerte bien (bis)…” Y cuando la fiesta estaba que “humeaba” –palabra de don Amílcar–, alzaba la voz y decía: “¡Queridos amigos de Rioja y mendocinos, no se olviden de este pobre trovador! ¡Soles, soles, soles!”, y de esta manera hacía su billete don Toribio y regresaba a su casa con talega llena.

En cierta oportunidad llegó de Rodríguez de Mendoza un migrante, bien plantado y mozandero el tipo, y se enamoró perdidamente de una riojana bellísima y de hermosas piernas, como recomiendan los médicos, y sin saber que era casada contrató a don Toribio para irla a dar serenata llegándola a conquistar y dejándole con cuernos al marido. Don Toribio, como emprendedor de la música, entendía bien su negocio, y hay que comprenderlo. Como lo contaron, las piernas de la dama eran perfectas y se decía que se parecían a las patas de una mesa de billar, por lo bien torneadas que eran. ¿Habrá ser humano que pueda resistir las tentaciones y terminar perteneciendo a las huestes de satanás? ¿Y de esta clase de tentaciones?

El mozandero, después de vivir veinte años con la mujer, en cierta oportunidad asistió a la fiesta del “tongoro baile” con don Toribio siempre como animador, pues en esa época todavía no llegaban los tocadiscos a Rioja. De pronto, llegó el marido engañado, que también era cantante, y cuando los dos gallos se encontraron frente a frente, el marido le recriminó acremente con duras palabras: “¡Desgraciado, me quitaste a mi mujer! ¡Te la llevaste, desgraciado, y así debes vivir tú quitando mujeres a sus maridos!”. El mendocino le escuchó sin decir palabra alguna y solo atinó a pedir una caja de cervezas para invitarle al contrincante y darle algunas explicaciones, y es cuando le dijo: “No te preocupes, amigo, no creas que estoy bien, …porque a mí también ´¡duuro´ me la gorrean! a tu mujer. Estamos iguales. Y seguramente ahorita le deben estar haciendo nublar sus ojos. Pero así es la vida, y qué podemos hacer… ¡Salud, compadre!”

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De esta manera, el ex esposo y el hábil “montaráz” se hicieron amigos porque, cada uno en su momento compartió la misma suerte, porque la dama siempre se desviaba de la ruta correcta. Ella, probablemente, se propuso disfrutar de la vida y que para ella qué mejor explotar lo que mejor tenía. Ocurre en todas partes. El mendocino, sabiendo que estaba en pecado, tenía que terminar aceptando la realidad de los hechos, con lo que se convirtió, sin pensarlo, ni quererlo, en un filósofo de la vida. (Comunicando Bosque y Cultura).

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