Nuestras ciudades ingobernables

 Nuestras ciudades ingobernables

Creo que ningún gobierno local ha construido una auténtica visión de futuro de su territorio. Y esto pasa porque los documentos de gestión y planificación, que están obligados a elaborar, son letra muerta y los que lideran esas gestiones simplemente se dedican a sus objetivos de corto plazo ajeno a las visiones que construyen generalmente en procesos participativos. En la práctica, solo sirven para guardarlos en los anaqueles o en los archivos digitales y en donde nunca nadie los lee.

Con frecuencia vemos en la ciudad que, por ejemplo, se hace gala de violar las normas de tránsito, pues son pocos los conductores que respetan las luces de los semáforos, porque no falta –generalmente un motocarrista—que, haciendo gala de su temeridad y carencia de civismo, mientras los otros conductores se han estacionado respetando la luz roja, se “avienta” como diciéndonos a todos que los valores cívicos son para los tontos.

Lo anterior ocurre porque en el Perú vivimos en el reino de la impunidad: las leyes, los códigos y los reglamentos son letra muerta y ello nos lleva a que nuestras ciudades vivan dentro de un sistema de caos y, al parecer, a ninguna autoridad le importa un mínimo. En nuestras ciudades se vive el paradigma del “el que puede, puede” o “aquí no pasa nada”, “total, todos hacen lo que les da la gana” y lo más grotesco: “Pa´ cojudos, los que se dejan”. Esta es la realidad de nuestros días y todo parece indicar que estamos yéndonos al despeñadero. Es la cultura de primero yo, luego los otros.

A ninguna autoridad local, con sus cuerpos de regidores y funcionarios, les ha importado construir ciudades amigables. Ya pasó a la historia esas circunstancias de salir a la ciudad a pasear. Antes, los mayores de edad se ponían sus camisas domingueras para salir al parque a disfrutar de sanas tertulias con los amigos; a pasar un domingo en las riberas de los ríos y bañarse en sus aguas. Hoy nuestras ciudades son campos de batalla en donde ronda el peligro. Y ya es casi imposible disfrutar de un paseo por las quebradas y ríos, porque son cotos privados. Los intentos de recuperar las fajas marginales son propósitos tibios y sin ningún compromiso.

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Tarapoto, por ejemplo, solo tiene un parque de apenas un cuarto de hectárea. En esta cosmopolita ciudad las áreas verdes brillan por su ausencia. Si en alguna parte de esta urbe hay áreas verdes, estas son espacios privados. La tragedia es que se privilegia los negocios, los emprendimientos y por eso ahora tenemos grifos y chupódromos hasta el borde de las carreteras. La carretera a San Antonio del Cumbaza se está convirtiendo en una avenida de arrabal porque nadie respeta ni hace respetar la ley en cuando a los espacios y se destruyen las hermosas arboledas que embellecen los paisajes y le dan color y significado a la vida. Y, mientras tanto, los gobiernos locales (alcaldes, regidores y funcionarios) siguen teniendo sus oídos taponados ante cualquier propuesta sana. Nuestras ciudades, pues, ya no son como lo eran antes. Hoy prima el caos, y a nadie parece importarle. (Comunicando Bosque y Cultura)

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