El cuñumbuquino impasible

 El cuñumbuquino impasible

Nadie en el pueblo recuerda de donde llegó a Cuñumbuqui don Ricardo Ruíz Vargas, un ciudadano foráneo que a finales de los años cincuenta del siglo pasado recalaría en esos lares y que dejaría historia para contarla y disfrutarla. Y ese estilo tan peculiar hizo que se convirtiera en una institución porque solía dar respuestas que desesperaban por su lógica, aunque fueran, al parecer, absurdas.

Cierta mañana del año pasado en una reunión casual con mi amigo y promoción, Jorge Walter Sánchez Falcón, este sacó a colación la manera con el que don Ricardo encaraba las cosas y la vida. Y esa primera expresión de ´nuestro´ hombre me llamó la atención y me dije que merecía una crónica y aquí estamos. Y como Jorge Walter no tenía más información, como un mejor referente pude averiguar que sería mi gran amigo Pascual Trigozo Marína, famoso ganadero que sigue residiendo en Cuñumbuqui, adonde volví nuevamente con mi amigo Keneth Reátegui del Águila, cuñumbuquino también, hace dos semanas.

La actitud de don Ricardo era el de esas personas que viven el presente sin preocuparse por el mañana ni del devenir de las cosas. O sea, las cosas ocurren porque deben ocurrir y el hombre no tiene por qué intervenir ni cuestionar. Las cosas son como son y hay que aceptarlas como llegan y suceden. El determinismo puro. En este sentido era un filósofo y de haber vivido en la Grecia Clásica, la historia le conocería como uno de los siete sabios. Por ejemplo, cuando le saludaban con un “buenos días”, solía mirar el panorama y si el tiempo era luminoso su respuesta era: “Claro, este es un buen día, porque no amenaza llover ni hace mucha calor”. En otros momentos, si amenazaba una lluvia o ya caía el aguacero, a ese saludo respondía: “¡Cómo a usted se le ocurre decirme ´buenos días´!, ¿acaso no se da cuenta que está lloviendo? ¿Cómo se le puede ocurrir decir que hoy día puede ser un buen día? Usted tiene que saludar con la verdad”. Y hay muchas más anécdotas que no las contamos por el tema de espacio.

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Don Ricardo se dedicó a la carpintería, en esos años en donde todavía no se había iniciado la depredación de los bosques. La ganadería extensiva, a pesar de todo, tiene su gran responsabilidad en estos efectos. Y en ese contexto de bosques todavía ubérrimos se podía conseguir madera y esa circunstancia hizo posible que el impasible ciudadano se afincara en Cuñumbuqui, donde vivió soltero y a quien no se le conoció pareja. Su aparente indiferencia a las cosas hizo su vida más llevadera. Y con esta actitud se mantuvo siempre. Es la filosofía de vivir impávidamente, sin meterse con nadie, no tomar partido y no comprometerse en las circunstancias que no nos atañen.

Pascual Trigozo Marina recuerda la reacción de don Ricardo cuando cierta tarde vio que don Genaro Cárdenas (Traguerillo él) retornaba de su fundo en Estero cabalgando en su potro. El caso era que a pesar que el caballo estaba corriendo, el jinete seguía azotándole. Al verle, don Ricardo dijo: “¿Por qué ya pues le sigue azotando si el caballo está corriendo? Yo, si fuera ese caballo, ya le hubiera botado y dado su patada”….. Y así, pues, era don Ricardo. Los que lo recuerdan suelen decir que era “un viejito fatal”…. Por jodido. (Comunicando Bosque y Cultura).

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