Mario solo sirve para escribir

 Mario solo sirve para escribir

Antes, mucho antes que el mundo supiera que el escribidor andaba en romances con Isabel Preysler y en pleno discurso de agradecimiento por recibir el Nobel, Mario Vargas (como lo llamaba el dictador) confesó una frase lapidante que su aún esposa le había dicho toda la vida: “Mario, tú solo sirves para escribir”.

Y el arequipeño rio, mostrando sus dientes gigantes como huevos prehistóricos. Y lo contó como una anécdota jocosa y deliciosa de su siempre adlátere compañera que le soportó las travesuras de incontables niñas malas.

Pero no fue una humorada, un chiste. Fue más bien una verdad cruda, una tomografía del alma y del único talento del peruano con pasaporte español. Mario, el ex defensor de las causas socialistas y las revoluciones de los desclasados, ahora es un servil de la perfidia, un sabueso de la derecha menos conservadora y más racista. Un alfil del imperialismo bárbaro.

El autor de La ciudad y los perros sigue ladrando en defensa de la hija de Kenya, el ex candidato al congreso japonés que esquilmó a esa patria que marito auscultaba sin pudor en Conversación en la catedral.

¿Cuándo se jodió el Perú, Mario? Algunos ensayan que fue con los Leguía, los Pardo y los Piérola. Pero la verdad es que esta patria se jodió cuando saliste de tu buhardilla para defender el racismo, la mentira y la heredad de la cleptocracia que representa Keiko, la hija del asesino, apátrida y felón.

El Perú, esa patria que desconoces peor que tu Lituma en los andes, se terminó de joder (y de paso te jodiste) cuando tú, el intelectual más universal de esta nación signada por la derrota militar histórica y la aspiración caduca, abrió sus fauces para blandir un fraude inexistente y convertirse en defensor del oprobio y la maldad que encarna la chika.

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Pero se entiende. En el fondo se comprende tu miseria. Tan acostumbrado a las chácharas con los Romero y Berquemeyers. Tan cómodo como el hijo de Marco Aurelio. Ya lo habías adelantado, camuflado en la ambigüedad -hay que precisarlo- en tu libro más nauseabundo: Como pez en el agua.

Siempre fuiste así Mario. Pero ahora sacaste lustre a tu doctorado en la miopía política, a tus maestrías en el desconocimiento del país marrón que no votó por ti. A esa ralea de hombres y mujeres que forman la patria de los que sobran.

Tu discurso alentó a los progres de corazón. A ese ejército de niños bien que vieron en el candidato de sombrero y hablar pasmado a un peligro inminente. Te importó un carajo tu memoria y la historia de esta patria eminentemente cobriza. Y entonces salieron los socios de la black card, los Wong, los líderes del oportunismo auspiciados por la Confiep para atacar y sacar los sables racistas. Le diste legitimidad al discurso golpista y disidente.

Eso no se olvidará tan fácilmente, Mario Vargas. Pudiste pasar a la historia como el gran escritor de La casa verde, como el Zeus de Elogio de la madrastra, esa deliciosa obra con la que descubrí el morbo y el placer de escabullirse en lo prohibido.

Pero no, preferiste el destino oscuro, la muerte sin obituario como Rolando Garro, tu personaje infame de Cinco Esquinas. Optaste por la traición y entonces, entonces solo queda repetir y rubricar lo que dijo Patricia: sólo sirves para escribir.

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