miércoles, mayo 18, 2022

Pedro Castillo, el candidato descalzo

Viaje al remoto Perú del profesor rural que caminaba dos horas para llegar al colegio. Está cerca de convertirse en el presidente del país, con unas controvertidas propuestas mezcla de izquierda radical y conservadurismo

El niño se despertaba a las cinco de la mañana, cuando todavía era de noche. En la cocina preparaba el almuerzo iluminado por la luz de una vela. Se prevenía del frío con un poncho y guardaba en el bolsillo un plástico por si acaso llovía. Después rodeaba montañas y senderos escarpados de tierra y piedra hasta llegar al colegio, a dos horas a pie. Bordeaba quebradas a 3.000 metros de altura, con la sensación de vivir en el techo del mundo. Las nubes no le dejaban contemplar el abismo que tenía bajo los pies. Aquel muchacho bajito y menudo se pasaba todo el camino haciendo gestos y moviendo las manos de forma vehemente, como un director de orquesta. Los vecinos lo veían pasar mientras cosechaban papas y maíz en sus huertos. Uno de ellos se preocupó y fue a hablar con su madre.

“Haga curar a Pedrito”, le aconsejó el vecino. “Está trastornado”.

La madre esperó aquel día a su hijo, inquieta. Le pidió explicaciones en cuanto llegó. La gente del pueblo, le advirtió, creía que estaba perdiendo la cabeza. “No haga caso, no estoy enfermizo. Voy haciendo mis tareas, escribo en el aire. Así cuando llego a clase ya me lo sé”, le respondió el niño. Después le dio un beso en la cabeza a su madre y se fue a dormir.

Doña Mavila Terrones recuerda aquello como el instante en el que descubrió que su hijo era especial, que iba a llegar lejos en la vida pese a haber nacido en San Luis de Puña, una zona pobre y remota de Perú. “Pero no que iba a ir tan alto, solo somos campesinos”, añade Ireño Castillo, un anciano con sombrero de palma. Son los padres de Pedro Castillo.

Sus padres acuden a rezar a una iglesia oscura y húmeda. Colocan cerca del altar del Señor de la Misericordia tres velas blancas encomendadas a Pedro, el último empujón.

El camino de Castillo, desde la sierra profunda a las puertas del poder, ha sido largo. De niño compaginó el colegio con las labores del campo. Cargaba baldes de agua, cocinaba, recogía leña. “Y pronto fue bien juicioso. Nos enseñaba mejor cómo hacer las cosas”, cuenta su hermana mayor, Mercedes Castillo, mientras siembra yuca. De adolescentes los dos se fueron a trabajar a la Amazonia peruana, donde cultivaron arroz. En las ciudades vendían helados. Castillo ahorraba para pagarse los estudios. Eso explica que llevase dos años de retraso en la secundaria. Gracias a eso conoció en clase a Lilia Paredes, la madre de sus tres hijos, una mujer devota y temperamental.

Estudió magisterio. Dio clase en Puña, donde nació. La mayoría de los alumnos guardaba algún parentesco con el profesor. 25 años después, en ese mismo colegio, enclavado entre dos quebradas, la maestra es sobrina de Castillo y los seis alumnos están relacionados con el candidato de una forma u otra. Bien visto, hasta se parecen a Pedro. El tiempo parece detenido aquí arriba, donde Castillo es un pequeño Dios. Rara es la persona que surge en el camino que no haya vivido alguna experiencia con él, un momento que revele su bondad, su talento o su liderazgo. Hay quien asegura que llora escuchándole hablar. Entre estas paredes de piedra el profesor de sombrero y verbo encendido, en muy poco tiempo, ha adquirido el carácter de mito.

Regresemos a los hechos. En 2002 entró por primera vez en política. Se presentó a la alcaldía de Anguía, un pueblito cercano al suyo, por Perú Posible. Castillo salió derrotado, pero perteneció a esa formación hasta 2017. Castillo, sigue siendo un hombre de campo. El día después de pasar por sorpresa a la segunda vuelta, en abril, los periodistas que subieron a su terreno se lo encontraron caminando sin zapatos por la hierba, venía de ordeñar una vaca.

En los mítines blande un lápiz gigante. Su lema de campaña es “no más pobres en un país rico”. Se ha recorrido Perú de arriba a abajo. Pase lo que pase, Castillo se despertará al día siguiente temprano, como cuando era niño, y se ocupará de sus animales. La familia suele almorzar en una cocina de paredes blancas, con horno de fuego a un lado y un calendario religioso al otro. Su hija mayor, Jenifer, recuerda que en enero su padre le dijo que invitara a almorzar al pastor. Tenía algo importante que anunciar. A su mujer le pidió que cocinara un caldo de gallina. Ese día, al acabar de comer, todos se dieron la mano y Castillo anunció, desde ese lugar lejano del mundo, que deseaba ser el próximo presidente de Perú. “Amén”, contestó el resto.

 

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