¡Julio Quevedo Vive…!

 ¡Julio Quevedo Vive…!

Escribe: Luis Alberto Vásquez
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Hace un año que partió a la eternidad don Julio Quevedo Chávez, periodista, maestro, dirigente y sobre todo, un hombre de alta sensibilidad social, con convicciones claras para enfrentarse al poder y sobre todo, un gran amigo, con quién podías discrepar, conversar y aprender de su vasta experiencia con la palabra.
Julio Quevedo sufrió desde niño la escasez de todo en su querida Shapaja. Pero era feliz correteando en sus polvorientas calles y sobre todo, buceando en las aguas turbias del río Huallaga. Después de estudiar la primaria en su tierra natal, viajó a Tarapoto para estudiar la secundaria en la Gran Unidad Escolar Jiménez Pimentel, donde obtuvo el premio de excelencia. Decidió ser maestro y se vino hasta Moyobamba para formarse en la Escuela Normal de Varones en los lejanos años 60.

Como maestro enseñó a escribir y leer a cientos de niños y entendió en las zonas rurales, el abandono de la educación y el sufrimiento de la gente. Volvió a su tierra para ejercer su carrera, fue Director del colegio San Juan Bautista y luego se volvió dirigente del magisterio para emprender jornadas de lucha en busca de justicia. Regresó a Tarapoto y en una ciudad distinta, con más rebeldía que nunca, decidió incursionar con su palabra y su voz en el periodismo radial y así llevó su pensamiento a la gente que le escuchaba con mucho interés a través de las ondas de Radio San Martín y Tropical. No contento en esa faceta, un buen día junto a otros amigos, entre ellos Daniel Coral, Román Castro Coronel y Lucho Flores, crearon la revista “El Tarapotino”, cuyas primeras ediciones a mimeógrafo, las dirigió Román Castro. Luego el sueño se paralizó y a partir de la cuarta edición, don Julio asumió la dirección de la revista más emblemática de la Amazonía por más de 50 años, llegando a editar más de 500 números ininterrumpidamente, donde se ha registrado la verdadera historia de los pueblos de San Martín.

La historia de las luchas populares, las huelgas campesinas, la violencia política y la violencia del narcotráfico, así como la efervescencia política, los ajetreos electorales, las convulsionadas marchas y paros, las tomas de carreteras, los alzados en armas, las muertes, las torturas, los secuestros, el MRTA, Sendero Luminoso, el grupo Colina, la huelga policial, el golpe de estado, las dictaduras y otros convulsionados hechos han sido registrados por la revista “El Tarapotino” en su larga historia y bajo la dirección de Julio Quevedo Chávez, quién fue apresado, detenido, encarcelado, bombardeado y siempre estuvo ahí: firme, mirada en alto, nunca de rodillas y con su única arma, la palabra. Esa que desespera al poder, a los políticos, a quienes nunca sentirán las profundidades de un país multicultural, multilingüe y diverso.

Conocí a Julio Quevedo cuando era niño, pues era gran amigo de mi padre. Cuando regresé a Moyobamba después de caminar por otros mundos como Periodista, me dio la oportunidad de escribir en aquella revista histórica y cuando fundó el diario “Voces”, me llamó para ser su columnista político. Con él aprendí que la palabra no se vende. Con él aprendí a sentir la Amazonía de otra manera. Con él aprendí, en un bar, que la amistad no se traiciona nunca. Con él aprendí que el periodismo es un apostolado y es una manera de devolverle a la vida todo lo que nos ha dado.

A pesar del tiempo transcurrido, sus amigos siempre le recordamos, levantamos una copa de vino, de ron o de cerveza para brindar por él, para reírnos de todas sus locuras, para contarnos anécdotas de aquellas noches interminables de tertulias y abrazos, que siempre culminaban con su declamación del brindis del bohemio.

A un año de tu partida, te abrazo otra vez, para decirte en el infinito de las estrellas que no te hemos olvidado, que siempre recordamos tus palabras, que siempre tenemos en cuenta para el trabajo periodístico, la observación y la intuición o lo que llamamos “el olfato periodístico”, y como decía el polaco Ryszard Kapuscinski, aquel legendario reportero de guerra, es que los cínicos no sirven para este oficio. Lo tenemos claro, Julio. Siempre.

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