Terruquear sigue de moda

 Terruquear sigue de moda

Decir que los terroristas tienen derecho a un juicio justo o criticar que soldados violaron a mujeres en alejados poblados es peligroso porque te llaman terrorista, a pesar de que el derecho obliga a procesos judiciales imparciales (como el que condenó a cadena perpetua a Guzmán) y el Ejército peruano condenó los actos contrarios a la ley de algunos de sus miembros.

Terruquear es acusar falsamente a alguien de terrorista. El término es un neologismo derivado del sustantivo terruco, que según los Diccionarios de Americanismos (2010) y de Peruanismos (2015) designa, de manera coloquial, a una persona que pertenece a un grupo terrorista o practica actos de terrorismo.

Los neologismos son palabras o significados nuevos en un idioma. El terruqueo en el Perú tiene como principales objetivos desvirtuar o deslegitimar a políticos, candidatos, artistas, estudiantes, dirigentes de organizaciones sociales, periodistas o activistas que critican el modelo económico, el autoritarismo, defienden los derechos humanos o ambientales, tienen una postura de izquierda, piden cambios políticos o provienen de la serranía del país.

El investigador Carlos Aguirre menciona que el vocablo terruco puede haber nacido en Ayacucho en la década del 80 ya que es común quechuizar palabras del español cambiándoles la terminación “uco”, como Santuco o Antuco para referirse a Santiago y Antonio. De esta manera, pobladores, ronderos, policías y militares llamaban terrucos a los senderistas.

En el imaginario de gran parte de la población peruana, continúa Aguirre, quedó grabado terruco o terrorista como personas indígenas “que cometían actos de violencia sanguinaria, fanáticos, traidores, antipatriotas o subhumanos que no merecían ninguna consideración”. Por ello, durante la época del conflicto armado interno ser quechuahablante o tener rasgos físicos andinos era riesgoso porque se utilizaba para ser acusado de terrorista.

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En este tiempo, el ser inculpado de terrorista o ser asociado con grupos terroristas sin justificación por prejuicio, desinformación o de modo consciente, descalifica al acusado, genera miedo, rechazo y cierra toda posibilidad de diálogo.

Las tablas de Sarhua, arte prehispánico reconocido en el mundo y Patrimonio Cultural de la Nación, fueron acusadas en 2018 de apología al terrorismo debido al desconocimiento de algunas autoridades. Igual suerte tuvo la premiada película “La casa rosada” que presenta el horror de Sendero Luminoso y el abuso de ciertos militares en Ayacucho.

En 2018 el gerente de una empresa minera indicó que las protestas antimineras se deben a que existe un “gen terrorista” en un determinado pueblo arequipeño. Los jóvenes que protestaron en las calles en noviembre de 2020 fueron acusados de seguir instrucciones del Movadef por el ministro de educación que duró tres días, quien después tuvo que pedir disculpas públicas porque dicha información no era cierta.

Sin embargo, la congresista Martha Chávez no se rectificó después de asegurar que dichos manifestantes estaban “vinculados a Sendero o al MRTA”. Las investigaciones de las autoridades judiciales, políticas y policiales desmintieron tal versión, pero la parlamentaria que continuó sindicando de terroristas a colegas y candidatos opositores no recibió ninguna sanción.

Hace una semana se intentó terruquear el huayno “Flor de retama”, himno de dolor y protesta por el asesinato, en 1969, de una veintena de huantinos entre los que se encontraban escolares que protestaron en defensa de la gratuidad de la enseñanza estatal. Días después la periodista aclaró que la canción es un tema de reivindicación y no un himno terrorista.

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El terrorismo merece el total rechazo del pueblo peruano, pero la práctica del terruqueo también porque va en contra de la vida democrática cuando mediante frases e imágenes trucadas o acusaciones sin fundamento se difama para generar miedo y evitar el debate de ideas.

En nuestras manos está detenerlo, no difundir denuncias no comprobadas ya que atenta contra la libre expresión, el pensamiento crítico y hace difícil el proceso de reconciliación en una sociedad en que la violencia política nos hizo mucho daño.

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