Perú, un país que no espera nada de sus élites

 Perú, un país que no espera nada de sus élites

¿Los últimos resultados están a la vista, otro manejo para polarizar?

Pese a la ya habitual fragmentación de la vida política peruana, esta no es una situación normal.

Por: Beto Cabrera M.

En esta carrera de incertidumbre hay un número que destaca por encima de los dos candidatos: el porcentaje de electores que responden que no saben por quién votar en esta segunda vuelta o que no quieren votar por ninguna de las opciones disponibles. En esta carrera el caballo que asoma la cabeza como probable ganador es la antipatía política de los peruanos.

Pese a que es así como algunos analistas lo interpretan, esos números de desafección no son muestra de un rechazo a la clase política, sino de un rechazo más amplio y general a las élites, a aquellos que, en distintos ámbitos, llevan las riendas y tienen la voz cantante en los asuntos del país.

Unas élites que, percibimos muchos, a la izquierda y derecha del espectro ideológico polarizados no solo nos han fallado, sino que, de forma insistente, nos vienen traicionando.

En mayo de 2020, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) publicó por última vez su informe de Percepción Ciudadana de Gobernabilidad, Democracia y Confianza en las Instituciones. En ese reporte nos topamos con algunos números que dan cuenta de ese rechazo.

Cuando el INEI preguntó por la confianza de los encuestados en 21 instituciones gubernamentales y no gubernamentales, la única que superó 50% fue el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil.

El organismo que emite nuestros documentos de identidad. Hasta cierto punto, resulta consolador que confiemos, al menos, en la institución que nos dice de manera oficial quiénes somos.

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Después, todos, incluida la Iglesia católica, los partidos políticos, el Congreso y, por supuesto, los medios de prensa, desaprueban y razones tenemos mas que suficientes.

Los datos de esta encuesta fueron recabados justo antes de la pandemia por COVID-19, entre octubre de 2019 y marzo de 2020. No es descabellado suponer que, visto el desastroso manejo de la crisis sanitaria y los varios escándalos que la han acompañado, cuando se publique la siguiente edición del informe los números sean aún peores.

Pocos casos ilustran tan bien el fracaso y traición de nuestras élites como el llamado Vacunagate.

En febrero de este año, los peruanos pudimos saber que el expresidente, Martín Vizcarra, vacado por el Congreso a principios de noviembre de 2020, había sido vacunado de forma irregular poco antes, junto a su esposa y hermano, las ministras de Salud y de Relaciones Exteriores, varios funcionarios públicos, los médicos responsables del estudio y algunos de sus familiares, varios empresarios, una conocida lobbista y exasesora del Consejo de Ministros, el rector de la Cayetano Heredia y el rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

También, por cierto, el nuncio apostólico en el Perú, quien indicó en un comunicado que había sido vacunado irregularmente debido a su labor como “consultor en temas éticos”. El chiste, tan gracioso como patético, se cuenta solo.

Esto, por cierto, ocurre mientras el país encabeza nuevos récords de exceso de muertes. Según The Financial Times, Perú es hoy el líder mundial en exceso de muertes por millón de habitantes. Y el gobierno actual —el cuarto en tres años de crisis política rampante— sigue sufriendo para conseguir vacunas y a la fecha no ha vacunado ni a 2% de la población.

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¿Podemos, a la luz de este hecho, culpar a los peruanos por no esperar nada de las élites que los gobiernan o controlan las instituciones que guían los designios del país, ya sea desde la academia, el mundo de los negocios o la prensa?

Unas élites que, pese a verse a sí mismas como líderes de opinión y presentarse como periodistas o analistas, hacen las veces de asesores en la sombra de candidatos y presidentes.

Unas élites que pagan un canal de televisión dedicado a promover fraudulentamente la diatriba, la intriga y el uso de ivermectina contra el COVID-19 y a organizar agasajos camuflados de entrevistas a su candidato presidencial favorito.

Unas élites – por poner un último ejemplo – que no se inmutan con que, en un país donde la corrupción es considerada por mucho el principal problema (60.6% frente a la delincuencia con 41.8%, según el reporte del INEI).

¿Podemos culpar a la ciudadanía por no confiar en unas élites y un sistema que, desvergonzada y tenazmente, actúan de espaldas al país e ignoran sus reclamos?

Pero la verdadera prueba para la democracia peruana empezará el día 28 de julio, cuando celebremos el bicentenario de nuestra independencia y los integrantes del Ejecutivo y el Legislativo juren sus cargos para los próximos cinco años.

No queremos caer en el pesimismo, pero, lastimosamente, nada hace pensar que las cosas vayan a ser distintas a lo que hemos visto desde 2016 y, más bien, con los números delante, podemos presumir que tendremos un presidente o presidenta aún más débil que los últimos cuatro, ninguno de los cuales llegó a cumplir dos años de mandato. Tanto el Ejecutivo como el Congreso enfrentarán problemas de legitimidad ante una ciudadanía que desde ya los mira con desconfianza y que, muy probablemente, no los habrá elegido de forma mayoritaria.

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Mientras tanto, nuestras élites hablan de “defender el modelo” pero viven ajenas a los mínimos de transparencia, responsabilidad y rendición de cuentas que exige cualquier sociedad democrática medianamente funcional. Soñando con que al 28 de julio supongan un borrón y cuenta nueva para que todo siga igual.

Y eso, lo siento, si atendemos a la progresiva crisis en que se encuentra sumido el país y al hastío creciente de buena parte de la ciudadanía, no parece que vaya a suceder.

También, por cierto, el nuncio apostólico en el Perú quien indicó en un comunicado que había sido vacunado irregularmente debido a su labor como “consultor en temas éticos”. El chiste, tan gracioso como patético, se cuenta solo.

Esto, por cierto, ocurría mientras el país alcanzaba nuevos récords de exceso de muertes. Según The Financial Times, Perú es hoy el lìder mundial en exceso de muertes por millón de habitantes. Y el gobierno actual —el cuarto en tres años de crisis política rampante—sigue sufriendo para conseguir vacunas y a la fecha no ha vacunado ni al 2% de la poblacion.

¿Podemos, a la luz de estos datos, culpar a los peruanos por no esperar nada de las élites que los gobiernan o controlan las instituciones que guían los designios del país, ya sea desde la academia, el mundo de los negocios o la prensa?

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