¿Camas separadas?

 ¿Camas separadas?

“Solo estoy con ella por mis hijos”, “Ya no la amo, pero no puedo dejarla”, “Ella tiene claro que ya no somos pareja”, “Es una situación difícil, pero te amo a ti”, “Vivimos juntos, pero en camas separadas”, estas son algunas de las frases del repertorio que un hombre infiel suele decir a sus conquistas de turno, las mismas que pasan de ser las amantes a ser las oficiales.

Hace unos días conversaba con una amiga sobre los casos recurrentes de infidelidad de parejas, las que incluso mostraban felicidad al mundo entero y en un abrir y cerrar de ojos terminaron tirando al tacho de basura su matrimonio y todos con un elemento repetitivo: la amante, una mujer bastante joven, con ese colágeno que a veces el hombre hace prevalecer por sobre todas las cosas.

Esta chiquilla, porque a pesar de que sea mayor de edad, es todavía una niña, suele dejarse engatusar por el palabreo del susodicho y las promesas de amor eterno. Aunque se pinte de víctima, no tiene ningún pelo de tonta y saben por qué. Porque hoy en día con tantas redes sociales, hay menos posibilidades para dejarse engañar, con solo un click uno se puede convertir en agente del FBI y puede averiguar si el hombre es casado, tiene hijos, aventuras y hasta su tipo de sangre. Para bien o para mal, todo está expuesto en estas plataformas digitales y hace que las mentiras terminen descubriéndose.

No se puede construir un castillo de cuentos de hadas en base al sufrimiento y lágrimas de los hijos o de alguien más. No se gana nada, aunque se intenté creer que se gana un amor del bueno, todo ese espejismo dura lo que canta un gallo y lo que tú hiciste terminan por hacértele a ti, porque como bien dice el dicho “El zorro pierde el pelo pero no las mañas”.

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Todo este tema me transportó cuando todavía estaba en primaria y tenía una súper relación de padre e hija con quien fue mi padrastro. Él era el presidente del aula en mi colegio, era con quien salía a los eventos deportivos, me engreía a más no poder, tenía miles de fotos juntos y por él pasé la mejor infancia de mi vida, sin embargo, toda esta historia tan bonita que vivimos se derrumbó con solo una llamada telefónica.

Era una noche calurosa y él se había puesto buen mozo y salió bastante perfumado, era normal, solía tener reuniones con sus compañeros en el colegio donde trabajaba. No había pasado ni media hora y sonó el teléfono, mi madre respondió y se quedó paralizada como si estaría en shock, no dijo nada y salió de la casa velozmente. Resulta que la persona que llamó era la amante y le detalló cómo estaba vestido y en qué casa de citas estaba, mi madre fue a su encuentro y aunque pudieron huir del lugar, ella logró reconocerlos. La relación de muchísimos años terminó y aunque él le pidió una segunda oportunidad, mi madre no quiso saber nada al respecto. Las dos sufrimos bastante, yo que bajé como 8 kilos y me tuve que acostumbrar a no verlo más. Él se resignó a quedarse con ella y aunque hubo varios intentos para regresar nuevamente a casa, mi madre siempre tuvo dignidad y no le perdonó su engaño.

Quise contar mi historia para que comprendan el dolor que ocasiona una infidelidad y la maldad premeditada de una mujer puede afectar emocional y psicológica a una familia, sobre todo a los hijos, quienes tienen que entender que papá ya no estará en casa. Y aunque la amante quiera hacerse la víctima, en realidad es la tercera persona en una relación y el hombre quien tiene más responsabilidad del engaño, con el tiempo termina recibiendo una cuchara de su propia medicina, porque tarde o temprano se arrepiente, pero cuando el daño está hecho, no se puede remediar con nada. Feliz nunca será, ni él ni ella.

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Mujeres, quiéranse un poco, tengan dignidad, no sea conviertan en la segunda opción de un hombre, no sean la antagonista de una película de amor…porque lo que mal comienza, mal termina.

¿Camas separadas? A mí con cuentitos, arranca nomás Don Juan.

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