¡Maldita boa!

 ¡Maldita boa!

Este relato tiene su origen en la visita que hicimos en enero de 1960 al valle del Chipaota, regado por el riachuelo del mismo nombre, afluente del río Huallaga, que ha disminuido su caudal de manera aterradora. Habíamos llegado al pueblo, en la margen derecha del río, en una precaria balsita de apenas seis pequeñas topas con mis vecinos Marcial y Antonia, para unirnos con el grupo familiar que viajó por otros medios y recorrer todo el valle en busca de mitayo, que era abundante. He retornado al valle después de sesenta años, antaño todo verdor, con el riachuelo en todo su esplendor, sus orillas llenas de bubinzanas y amasisas, y las familias eran escasas, siendo la más conocida la de Porfirio Díaz Sánchez y Adela López Tapullima. Hoy día, solo sus hijos Félix y Manuel residen en el valle.

Lo que ocurriría en este retorno al Chipaota fue descubrir que el valle ha sufrido una agresión terrible en los últimos treinta años, siendo la fauna la más afectada. Pero es entonces que la selva, como si quisiera vengarse de la destrucción acelerada y la pérdida de la biodiversidad, envió como mensajero una inmensa boa, de mayor tamaño que la yacumama que Ventura García Calderón describe en ese famoso cuento, que los niños del Smartphone de esta época desconocen. Un estudio realizado por la Universidad Nacional Agraria de la Molina (2007), descubrió que, en dicho sector, zona de amortiguamiento del Parque Nacional Cordillera Azul, conocidas especies ya habrían desaparecido y desde hace treinta años no han sido avistadas.

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La inmensa serpiente estaba al acecho en la recta del camino que, desde Santa Rosa, nos lleva a Raquina, donde se habían asentado los Díaz y que hoy es un centro poblado. La serpiente se había mimetizado con la hojarasca de algunos árboles. Fue cuando nos detuvimos de pronto, pues Demóstenes Tuanama Tangoa lo descubrió a tiempo, gracias a su profundo conocimiento del mundo de la selva. En ese momento comenzamos a acordarnos de ese mito de la serpiente que dirige a sus víctimas una especie de hilo invisible imantado que paraliza. Estábamos aterrorizados, estáticos, casi esperando que la boa nos enroscara para destruir nuestros huesos y deglutirnos. Fue un momento de horror.

Nos pusimos a salvo gracias a un poderoso trueno que nos sacó de esa especie de letargo, y comprendimos que la presencia de la boa no era más que un aviso, porque nos falta hacer mucho más para conservar la biodiversidad, recuperar los caudales de los ríos, sus fajas marginales y construir territorios sostenibles. Como resultado de este periplo al valle de Chipaota, que es parte de la Comunidad Nativa Mushuck Llacta, una ¡maldita boa! nos ha puesto sobre aviso. Todavía estamos a tiempo para salvar y proteger nuestros recursos naturales, misión de Comunicando Bosque y Cultura y queremos el apoyo y el compromiso de los tres niveles de gobierno. (Comunicando).

 

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