Un lugar no grato, no te vuelve ingrato.


Por: Carol Fernández Marina

Le tocó quedarse en un lugar donde nadie la entendió, donde las horas pasaban y no se detenían las agujas del reloj.

Le tocó quedarse en un lugar de mentes vanas y espíritus vacíos, donde no tenían amor, ni pena al dolor.

Su alma viajaba cada noche a su hogar, ahí donde había crecido, con algo de duda; pero jamás con penas, y sin embargo tenía que volver a ese lugar sin sentido.

Un llanto ahogado cada noche, hasta quedarse dormida, solía pasar triste y sin salida.

Su alma vagaba en el desenfreno. No pudo expresar su ser, no pudo ser ella ni una sola vez.

Cuando quería quererlos, entre algunas palabras de cariño; se hundían sus lamentos presos del desprecio e incomodidad, que emitían las personas de ese lugar.

Y ellos, con una tirria natural invadiendo sus sentidos, como si el mundo se les fuera a arrebatar, como si la vida y el materialismo fuera lo único significativo.

No hubo estrujones, ni halagos. Solo miradas entre sí que se disponían a disipar la gloria, y no celebraban los éxitos ajenos, más que las suyas propias.

Nunca se alegraron por verla feliz, deseaban tenerla lejos y fuera de ahí.

El resquemor en sus pechos hacía que sus vidas cobren sentido, y alardear de la imitación que habían conseguido.

Ahora, un mundo sin valor han construido, a orillas de un desprecio al mundo, y temen, como si todos los demás fueran a ser como ellos.

Deseando siempre lo ajeno, a costa de tener lo suyo, y cuidarlo como si fuera el oro propio. Sin embargo, su valor se desmerece cuando te llevas lo que otros se merecen.

Qué sentido tenía seguir presa en ese lugar, un pan menos, un pan más. Se iba lejos para empezar su vida a disfrutar.