Hija ya regreso, espérame


Milagros es una niña de tan solo 3 años de edad, ella vive su inocencia, su mundo interior sin percatarse lo que pasa en el mundo, fuera de las paredes de su habitación. Ella se queda en casa, no va al nido y no puede reunirse con sus amiguitas de la clase de ballet.

Milagros pasa los días en casa, con su única preocupación: el de no salirse de la raya cuando pinta los dibujos de sus caricaturas preferidas. Ella salta, ríe, corre, come y duerme, todo dentro de su hogar como cualquier día, sin que su paz se vea quebrantada por lo que está pasando en la calle, en el mundo.

Milagros, como todas las mañanas despide a su mamá con un beso, su madre, Isabel va a trabajar con su mandil blanco, con su nombre bordado sobre el pecho del lado del corazón, la tierna niña espera que pase las horas para volver abrazar a su madre, pero, un día en esta semana, todo cambio. Isabel volvía del trabajo con la única cosa que le rompía el corazón, que lo arrugaba, con la impotencia de que por ahora, nada será igual.

Isabel llegó a casa y vio a milagros a través de la ventana, una pared transparente las separaba, milagros corrió hacia ella como un día normal, esperando colgarse del cuello de su madre, esperando besarla en la frente, esperando dar rienda suelta a su amor puro e incondicional, pero esa pared de vidrio lo impidió. Isabel, con el corazón arrugado, con las manos temblorosas, con ese nudo en la garganta que le corta la respiración, con lágrimas, con muchas lágrimas no pudo sentir el calor de la piel de su hija, la suavidad de sus manitas recorriendo cada rincón de su rostro. Isabel entró en cuarentena.

Isabel, es médico del Hospital II-2 Tarapoto, y tuvo contacto con posibles portadores del Coronavirus. Esto no paso en China, tampoco en Italia o en España, pasó acá, en nuestra ciudad, en nuestra casa. Hoy esta guerra llegó a nosotros.
Isabel, como muchos médicos, enfermeros, técnicos y personas que trabajan en hospitales, militares y policías, también están expuestos ahora, son padres, hermanos, hermanas, tíos, primos y amigos, que no pueden volver a casa para abrazar a los que más quieren, y se quedan a trabajar por esa vocación, por ese don de servir.

Nosotros como pueblo debemos retribuir ese sacrificio con solamente quedarse en casa, no es tan difícil, no te pedimos que te enlistes, que te cortes el cabello como soldado y que agarres un fusil. Agarra a tus hijos, a tus padres, abrázalos, juega con ellos, comparte, pero en casa, en tu casa, en tu trinchera.

Hoy Isabel está de turno otra vez en el hospital, atendiendo a gente que no conoce, pero atendiéndolos con amor, con pasión, los mira a los ojos, sonríe con ellos, le saca las muestras y análisis y les da esperanza, esa misma esperanza que ella no pierde para a abrazar a Milagros, y volver a sonreír como amiga, como madre.

A este virus le ganamos todos, pero jugamos en equipo, jugando con amor, amor al prójimo, al vecino, al amigo, al que no conoces, si llegaste hasta acá en la lectura de este texto que se te grabe una sola cosa y pon la en práctica: “Ayudemos a ayudar, que Isabel se vuelva a abrazar con Milagros así como ellas muchos más familias en todo el país. Solo, quédate en casa.