Ella no se quiso “tan morena”


Ella miraba sus fotos y se creía fea, viéndose tan negra, tan chola, tan india; adjetivos que hoy adoptaría con mucho orgullo. Pero en esos momentos su ignorancia la hizo odiarse, y sentirse insultada, pues había adoptado valoraciones externas, de una sociedad putrefacta.

Incluso, en el colegio, cuando le tocaba estar con niños de su mismo “color”: “trigueño”, “canela”, “un poco marroncito”, no quería sentarse con ellos, ya que tenía implantado el chip del desprecio social que le impedía mezclarse con la “gentuza”.

Si era cholo, andino, o indio, era peor, aislaba los apellidos, los escogía, era una vergüenza si se enamoraba de alguien “así”, estaba destinada a que le dijeran “Que bajo has caído, no se puede esperar más de ti”.

Era hermosa, pero se sentía “tan chola”, mirándose al espejo, viendo su pelo negro y grueso, su piel trigueña y sus pequeños ojos rasgados- “ojos de piwicho”, le decían- sumada a su complicada esencia volátil, la hacía desaparecer ante la belleza de alguna otra niña con la piel blanca, cabellos castaños o con grandes ojos.

La odiosa comparación, se volvía cruel, su rabia, su ira, se iba desarrollando, “está celosa” escuchaba decir. Y sí, lo estaba, era una pequeña niña que recién estaba formando su ego y su autoestima, y era discriminada y humillada. No solo por los demás, si no por ella misma.

Siempre se sintió, la menos inteligente, la de los pocos recursos educativos, la de la cultura televisiva, y en su afán de creerse desmerecida, fue sintiéndose disconforme con lo que era, y tuvo que soportar a gente en extremo racista.

Tuvo que crecer y haber llorado centenares de veces, pidiendo al cielo que alguien venga a rescatarla, como en los cuentos de Disney, los antiguos, los de los 80, pues no era feliz, nunca tuvo el reconocimiento de haber hecho bien las cosas, y pensó que todo se debía a su color de piel, jamás tuvo la seguridad de estar haciendo bien las cosas y palabras como “eres una inútil y bruta”, servían para hacerla sentir que no era tan agraciada y hábil como los demás.

Cuando tuvo su primer enamorado, esos de los que van a buscarte a los 12 años y un beso en la mejilla son los más exquisitos, le dijo que “era bonita”, y como de costumbre no se lo creyó. Cada noche al bañarse hacía planes para hacerse cirugías, y pensaba: ¿Si Michael Jackson pudo, por qué ella no?, se cambiaría las manos, los pies, quizá el rostro, porque no se sentía bonita, ¿cómo iba a poder lograr lo que quería, no siéndolo?

Sin embargo, en el largo camino de la vida, entendió que su color de piel era tradicional, la piel canela, que tanto desmereció, era esa que brillaba ante el sol, aclamando a los dioses amazónicos, incaicos, andinos y agasajaba a todas las culturas mezclándose con el tono de la tierra creadora, la madre de todos. No importa que nadie más lo entendiera, lo sabían todos aquellos que la poseían.

Era como un don. Esa piel, estaba hecha de magia. Entonces se dio cuenta de que su belleza entonaba con el amanecer de los campos cuando empiezan a tornarse cálida con el sol.

¿Cómo pudo haber dudado durante tanto tiempo de su hermosura?

Y aunque no se quiso tan morena, ahora se quería morena. Porque ser morena, era como ser chola, ser india, ser andina, y poder ser todo a la vez.