“La flor y el colibrí), leyenda americana (india)


La soledad adopta diferentes rostros, más aun tratándose de un amor imposible como en el caso de Romero y Julieta. El suicidio, confiando en que existe una vida y un mundo mejor más allá, es propio de heroicos y trágicos amantes. “El amor –dicen–, es más fuerte que la muerte; así que, traspasemos esa barrera y alcancemos la felicidad más allá”. Todo esto tiene que ver con la libertad, lo eterno y lo divino, ¿Pero quién te puede asegurar y garantizar que las cosas son así? ¿ah? Contéstame Romeo. La historia de los amantes de Verona también se origina en una leyenda que Shakespeare poetizó.

El hombre pre-colombino no pensaba de esa manera. No tenía Biblia. En el concierto de la naturaleza, con todo su esplendor y toda su belleza, albergaba a sus Dioses. En su cosmovisión albergaba el profundo sentimiento panteísta al punto de hacer exclamar al poeta:

-.-
Quisiera morir cuándo decline el día
en alta mar y con la cara al cielo
donde perezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.
-.-
No escuchar en mis últimos instantes
ya con el cielo y con el mar asolas
más voces, ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
-.-

En dios Tupá, la luna diosa de los enamorados, todo lo transfiguraba en sagrado por la magia del amor –este sentimiento universal–, tanto, hasta llegar a lo místico, sentimiento que no es sólo patrimonio de tal o cual cultura y tan real y a la vez un mito, un sueño un ideal.

El picaflor –el colibrí—debe su nombre a que es enamoradizo. ¿Pero qué tal si es todo lo contrario como afirman los indios más viejos de la tribu. No partas de ligero, parecer decirte esta leyenda del picaflor que chupa y chupa el néctar de las flores.

LA FLOR Y EL COLIBRÍ

Flor –hermosa india de grandes ojos—amaba a un joven indio llamado Ágil. Este pertenecía a una tribu enemiga y, por tanto, sólo podían verse a escondidas. Al atardecer, cuando el sol en el horizonte arde como una inmensa ascua, los dos novios de reunían en un bosquecillo, junto a un arroyo juguetón, que ponía un reflejo plateado en la penumbra verde.

Los dos jóvenes podían verse solo unos minutos, pues de lo contrario despertarían las sospechas de la tribu de Flor. Una amiga de esta –una amiga fea, odiosa—descubrió un día el secreto de la joven y se apresuró a comunicárselo al jefe de la tribu. Y Flor no pudo ver más a Ágil.

La Luna, que conocía la pena del indio enamorado, le dijo una noche:
–Ayer vi a Flor, que lloraba amargamente, pues la quieren hacer casar con un indio de su tribu. Desesperada, pedía a Tupá que le quitara la vida, que hiciera cualquier cosa, con tal de librarla de aquella boda horrible. Tupá oyó la súplica de Flor: no la hizo morir, pero la transformó en una flor. Esto último me lo contó mi amigo el Viento.

–Dime, Luna, ¿en qué clase de flor ha sido convertida mi enamorada?
–¡Ay, amigo, eso no lo sé yo ni lo sabe tampoco el Viento!
–¡Tupá, Tupá! –gimió Ágil–. Yo sé que en los pétalos de Flor reconoceré el sabor de sus besos. Yo sé que la he de encontrar. ¡Ayúdame a encontrarla, tú que todo lo puedes!

El cuerpo de Ágil –ante el asombro de la Luna—fue disminuyendo, disminuyendo, hasta quedar convertido en un pequeño y delicado pájaro multicolor, que salió volando apresuradamente. Era un colibrí.
Y, desde entonces, el novio triste, en esa bella metamorfosis, pasó sus días besando ávida y apresuradamente los labios de las flores, buscando una, sólo una.
Pero, según dicen los indios más viejos de las tribus, todavía no la ha encontrado…