Las historietas de nuestras vidas


Pedro Salinas escribió hace poco, en La República, sobre su pasión por las historietas o cómics. En nuestro vocabulario tarapotino los llamábamos chistes y nunca supe por qué, pues de graciosos no tenían nada, a no ser las de Los supersabios, o Chanoc, donde el simplón Tsekub hacía sus pendencias sanas, diferentes a los que hacían los chambones congresistas defenestrados por el demócrata Vizcarra.

En los años sesenta los adolescentes de antaño solíamos concentrarnos en la vereda de las tiendas de los hermanos José y Miguel Mesía López; al frente quedaba el cine Central. Nos dedicábamos a la lectura con tal pasión como si la vida se nos fuera en ella, rodeados de los vendedores de chupetes que fabricaban los Santillán y los Sandoval. En las épocas de las vacaciones escolares nuestras mañanas y tardes parábamos en ese sitio como si fuera nuestro templo. No había fuerza humana que nos impidieran hacerlo, aunque quienes leíamos historietas teníamos fama de ser unos grandísimos harraganes.

Recuerdo el furor con el que acogíamos esas revistas cuando llegaban con nuevos episodios. Algunos de los que ya frisan la tercera adolescencia podrían pensar que perdieron su tiempo leyendo esas historietas. Debo confesar que mi modesta formación cultural –a despecho de lo que crean mis enemigos políticos—se los debo a estas revistas que las editoriales mexicanas Novaro y Editormex publicaban extensamente. Pedro Salinas escribe: “no entiendo a aquellos que basurean y ningunean a los cómics, los cuales son vistos por algunos lectores cuellierguidos y pretenciosos como “literatura menor”, propia de gente poco cultivada”.

En mi familia fuimos ávidos lectores de historietas. Mis tíos Víctor Hugo, Jovita y Rosita solían proveernos toneladas de esas revistas y recuerdo la pasión de esos regalos cuando llegaban a Chazuta y los recibíamos como el don más preciado. Personalmente sigo sintiendo esa misma pasión al leerlas; inclusive si alguien quisiera donarme toda su colección no tendría fuerzas para rechazarle. Incluso, tengo un volumen especial de Tarzán y muchísimos ejemplares de vaqueros como Roy Rogers, El Llanero Solitario, Red Ryder, Pecos Bill, etc.

Una característica especial de esas historietas es que los diálogos estaban en letras mayúsculas. Los textos estaban excelentemente bien redactados y podíamos aprender gramática. Esas revistas también nos enviaban a lugares lejanos o imaginarios: algunas veces nos sentíamos esos héroes, como Hopalong Cassidy, cabalgando por las praderas para hacer justicia. A ese viejo saloon del Oeste llegaban algunos facinerosos a planificar sus fechorías, mientras disfrutaban de un wishky pendiéndoles de las cananas dos soberbios colts y presumiendo de sus fuerzas.
Las historietas fueron parte de nuestras vidas. Tal vez parte de nuestra felicidad y optimismo hayan nacido de los hechos de esos héroes honestos y justicieros. Incluso, la biografía de Víctor Raúl Haya de la Torre se publicó en el formato de estas historietas, y un ejemplar le regaló a mi padre el entonces candidato y posterior diputado, don Américo Linares Reátegui. Tan bien hecha estuvo esta revista que un poco más me convence y convierte en militante aprista. Tenía entonces once años. [Asociación para el Desarrollo Comunicando Bosque y Cultura].