“Dos amantes suicidas en el más allá”. Horacio Quiroga


La vida de este gran escritor uruguayo estuvo signada por la desgracia y la fatalidad. Tal vez por sus experiencias vividas, sus mejores relatos versan sobre temas trágicos: muerte, fracaso, alucinación, miedo, lo sobrenatural.
Elevó el cuento a un sitial nunca antes siquiera sospechado, emulando a los grandes maestros. De chejov aprendió el tono agrio, duro, la preocupación por el fondo y la acción; de kipling, la concisión y el sentido de la naturaleza; de Poe, el misterio, la alucinación, la muerte. Sin embargo sus “Cuentos de la selva”, auténticos relatos infantiles con moralejas de profundos y delicados sentimientos, dicen del gran educador que fue.

EN EL MÁS ALLÁ
I
Dos amantes se suicidan en un cuarto de hotel a causa de un amor imposible. El cianuro es uno de los venenos tan contundentes y atroces.
Morir juntos, descansar en la muerte de ese infierno; “preferimos verte muerta que en los brazos de ese hombre”, había dicho papá. Haciéndolo no nos sentimos felices. Abandonamos la vida porque ella ya no había abandonado al impedirnos ser el uno para el otro. Comprendí cuán grande hubiera sido nuestra felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
A un tiempo tomamos el veneno. Bruscamente, todos los ruidos de la calle de la ciudad cesaron después de la última convulsión, libre por fin de mi espantosa soledad.
-¡Perdóname: te amo tanto que te llevo conmigo!- Ahora me sentía leve y tan descansada. Junto a la cama estaba mi madre; desesperada, me sacudió a gritos, pero Luis, diáfano, venía a mi encuentro.

II
-¡Amada mía: a qué precio hemos comprado esta felicidad ahora!- Y yo –dije- te amaré siempre como te amé antes, y no nos separaremos más, ¿verdad? E irás todas las noches a visitarme.
Seguía la agitación: Mira, Luis: ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón.
Sí, como estábamos al morir. Fantasmas de amor. Pero nosotros los amantes viviremos siempre; ¡cuántos crepúsculos contemplaremos juntos!
Durante tres meses viví en plena dicha. Era puntual en sus continuas visitas; aunque, algunas veces, el hosco dolor de mamá rompía en desesperados sollozos. Yo vivía, sobrevivía, sólo por el amor de noche como novios oficiales que éramos.
No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio.
Una de esas noches, nuestros pasos nos llevaron al cementerio donde yacían nuestros cuerpos bajo tierra. Solo una lápida de mármol que encierra lágrimas y remordimientos. La realidad, dije, es la vida depurada de errores que se eleva pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.

Nos alejamos de allí dichosos y sin recuerdos a pasear por la carretera, nuestra felicidad sin nubes.

III
Pero comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos y muy tristes cuando nos hallábamos separados. Ahora, en nuestras citas, pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos.
Salíamos y retornábamos mudos. Decíamos cualquier cosa para evitar mirarnos. Hablábamos, hablábamos y hablábamos, todo en vano: no podíamos mirarnos.
La última noche apoyó su cabeza en mis rodillas, “mi amor…”, murmuró. “Cállate”, dije yo, “¡amor mío…!”, “¡Luis, cállate! Si repites eso otra vez …”, su cabeza se alzó y nuestros ojos de espectros, se encontraron otra vez desde hacía muchos días.
–¡Qué? –dijo Luis– ¿Qué pasa si repito?
-Tú lo sabes bien -respondí yo.
-¡Dímelo!
-¡Lo sabes: me muero!
-No me queda sino una cosa que hacer -dijo- ¿Comprendes?
-Sí -repuse yo; y sin volvernos a mirar, nos encaminamos al cementerio.

IV
¡Ah! No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar. No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd, dos espectros nos piden cuentas de nuestra felicidad. Dentro de un instante me besará y lo que en nosotros fue sublime se desvanecería al contacto de nuestros restos mortales.
Ignoro lo que nos espera más allá, pero nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados y logró vivir tres meses en la alucinación del idilio.

EPÍLOGO
De pie, sobre la lápida, Luis y yo nos miramos largamente. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal que me desvanezco.