Intolerancia al amor de Dios


Es el continente africano, cuatro personas evangelizan por sendas rurales. Se encuentran con un grupo de jóvenes que luego de escuchar algunos mensajes, de manera autómata se exacerban hasta el punto de agredirlos, les piden que no vuelvan hablar de Dios y que todo lo que evangelizaron era mentira.

Dos huyen raudas y dos son atrapadas. Al no recibir su respuesta las cubrieron con rastrojos y las prendieron fuego. América central, un gobierno nacional manda cerrar una Iglesia. Soldados se pertrechan en la entrada.

El Sacerdote sale a recibir a los feligreses que se asoman para participar de la Misa, pero, nadie puede ingresar. Además, se cierra la puerta con decenas de personas dentro. Se cortan los servicios de agua y energía eléctrica. Nadie puede acercarse a dar alimentos. Podría pensarse que se trata de una lírica novela o que son episodios del tiempo de los Apóstoles.

Se trata de eventos de la presente semana. Es increíble la intolerancia al amor de Dios. Ya lo dijo el mismo Maestro Jesucristo: “Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias” (Mateo 5:11). El poder humano es efímero.

Algunos gobernantes llegan por la vía democrática y estando en el poder hacen artificios para procurar estar en él por más tiempo. Sea cual fuera el tiempo en el poder, éste es efímero. Ningún poder humano es eterno ni universal, pues, la vida humana es muy corta y las ambiciones muy abundantes.

Es que los seres humanos nos resistimos a reconocer que somos extremadamente frágiles, que nuestras vidas dependen del Creador. ¿Alguien puede afirmar el periodo de su vida? ¿Quién no quiere seguir viviendo? ¿Alguien desea dejar de vivir? Por favor, es menester ser hidalgos en reconocer nuestra fragilidad.

Algunos individuos, al tener algo de poder humano, ya presumen que ese “poder” es tan grande que tienen la osadía de compararlo con el poder de Dios. Por eso hacen persecución a quienes evangelizan la verdad: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:44).

Es tan grande el amor de Dios, que perdona a quienes los agreden porque simplemente no saben lo que hacen. Así, como algunos padres infaustos visten a sus hijos con rabos y cuernos y los llevan a pasear por las calles. Son padres que envenenan a sus propios hijos con atuendos impropios de seres humanos, salvo que se adelanten a presagios de futuras vidas de sus generaciones. No saben lo que hacen, o quizá en sus domicilios aquellos negativos atuendos de rabos y cuernos serán cotidianos; pero, ¿importa a la gente de esos malos hábitos domiciliarios? Las evangelizaciones dicen precisamente lo contrario, pregonan el cumplimiento de la Palabra de Dios en sus diez Mandamientos, las sabias enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo.

En los domicilios donde anida Dios, con seguridad no hay rabos y cuernos, porque los seres humanos son diferentes. Las evangelizaciones tienden a que todas las familias, las personas, gocen de la Gracia de Dios, disfruten de su inmensa Misericordia y vivan unidas, en paz, armonía y después descansen eternamente en la Gloria del Padre. ¡Qué hacemos, pretendiendo comparar nuestros fútiles poderes humanos con la inmensidad de Dios! No perdamos tiempo y sobre la marcha arrepintámonos de nuestros malos comportamientos humanos para enderezar nuestras vidas familiares.

Dejémonos de tonterías meramente humanas y no solo cambiemos nuestras vidas, sino que ayudemos a evangelizar para que más personas tengan la oportunidad de gozar del amor de Dios. En el camino encontraremos a quienes se resisten al cambio: “Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre” (Lucas 6:22). Muchos humanos gozamos de nuestra soberbia, más aún cuando tenemos algunas monedas en nuestras cuentas bancarias o tengamos algo de poder humano, en ese caso: “Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que, a ustedes, me aborreció a mí” (Juan 15:18).

Así como en África y Centro de América, muchos no solo se ofrece resistencia al arrepentimiento y al cambio de nuestro mal comportamiento humano, sino que se atenta contra los evangelizadores que solo desean nuestro bien, por eso “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece” (Mateo 5:10).

Donde está el bien, también está el mal. Donde hay luz, también hay tiniebla. La persona escoge su camino; pero Dios, con su infinita Misericordia, perdona a quienes están equivocadas y les ofrece la única senda del bien, sin ninguna otra condición que su decisión sea de verdad, con auténtico arrepentimiento y no volver a pecar más. Que la intolerancia al amor de Dios se acabe por el bien de la humanidad, porque las familias necesitamos la presencia de Dios en nuestras casas, porque si Dios está lleno con su amor no habrá espacio a extraños maléficos seres de rabos ni cuernos.