Historia de Abdula El mendigo ciego “De las Mil y Una Noches”


Este maravilloso libro inicialmente escrito en persa, se hizo conocido en el mundo gracias al francés Gallard en una adaptación que lo popularizó.

Los relatos orales datan desde el S. IX
Libro adaptado muchas veces para uso de niños y adolescentes en todos los países, goza ahora de enorme popularidad.

Abdula, el mendigo ciego.- es una magnifica muestra de lo real y lo fantástico suscitando en el lector una gran enseñanza. A pesar de las secuencias de tan interesante aventura, la historia no conlleva escenas de sangre y violencia. Las tensiones se suscitan en la conciencia del personaje.

ABDULA EL MENDIGO CIEGO
Había jurado no recibir limosna alguna que no estuviera acompañada de una bofetada. Refirió al califa su historia:

Comendador de los creyentes: He nacido en Bagdad, con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré 80 camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas. Estaba sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Basorah .

Hicimos amistad y nos pusimos a comer fraternalmente. Mirando mis numerosos camellos me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro que aun de cargar de joyas y oro los 80 camellos, no se notaría ninguna merma en él. Arrebatado, me arroje al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciéndole un camello cargado.

-Tu oferta, hermano, no guarda proporción con la fineza que esperas de mi. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te haré una proposición más cabal: iremos a la montaña, cargaremos los 80 camellos, quedaremos mitad y mitad y nos separaremos, tomando cada cual su camino”-.

Esta proposición razonable me pareció durísima. ¿Que el derviche, un hombre harapiento fuera no menos rico que yo? Accedí, sin embargo.

Nos encaminamos a un valle, rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.

El derviche hizo un haz de leña, lo encendió con unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos a través de la humareda que se abría la montaña. Un palacio en el centro; montones de oro ante mi vista deslumbrada sobre lo que arrojé mi codicia como el águila sobre la presa.

El derviche, antes de cerrar la montaña sacó de una jarra de plata una cajita de sándalo que contenía una pomada y la guardó.

Nos repartimos la preciada… carga, le agradecí y abrazándonos, nos separamos.

Pero el numen de la codicia me arrepentí y resolví quitarle su parte. “El derviche no necesita esas riquezas; conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.

Regresé: “hermano: -le dije-, tú eres solo un hombre experto en la oración y la devoción, que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Quédate sólo con treinta.

-Tienes razón. Escoge los diez. Llévatelos y que Dios te acompañe.

Mi codicia me hizo volver de nuevo y me lleve a otros diez.

Después logré a fuerza de besos y bendiciones que me devolviera todos los camellos.

-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su caridad; así, tendrás una recompensa mayor en el Paraíso.

Ahora sólo pensaba en la cajita de sándalo. Le rogué que me la diera, que un hombre como él no la necesitaba. Lejos de rehusármela, el derviche me la entregó.

Te ruego me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.

-Prodigiosas: frotando el ojo izquierdo y cerrando el derecho se ven todos los tesoros oculto.

Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.

Maravillado le rogué que me frotase el ojo izquierdo. Y aparecieron a mi vista tantísimos tesoros que encendieron más mi codicia.

-Le rogué que me frotase el ojo derecho, para ver más tesoros.

-Ya te dije que así, con el ojo derecho, perderás la vista.

-Hermano, es imposible que esta pomada tenga virtudes tan contrarias.

Largo rato porfiamos. Al fin accedió poniendo a Dios por testigo.

Frotó el ojo derecho: cuando los abrí estaba ciego. Maldije mi desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.

-¡Desventurado!: ¿No te previene? Colmado de riquezas indigno de poseer, Dios te las ha quitado para castigar tu codicia. Reuniendo mis 80 camellos se marchó. Desesperado, erré por esas montañas. Unos peregrinos me recogieron.