Las maravillosas enseñanzas de Jesús


La semana que pasó gané una apuesta cuando a mi amigo Josué Nerio Sangama Salas, de la DRASAM, le pregunté cuántos Evangelistas escriben sobre las Bodas de Caná. Y Josué Nerio, con total seguridad, me contestó: “¡Los cuatro Evangelistas y se lo digo yo porque soy un estudioso de la Biblia!”. Fue entonces cuando le lancé el desafío: ¿Quieres apostar porque yo te digo que solo está en el libro de San Juan? Y me contestó: “Todo lo que usted quiera”. Y como saben todos los buenos cristianos que leen la Biblia, con excepción de cucufatos, milagreros y santones, gané el desafío. Y este buen amigo, como buen cristiano, terminó pagando la apuesta que consistió en veinte botellas de chicha de maíz.

Gracias a esta anécdota es que me propongo hacer una digresión sobre las enseñanzas de Jesús, olvidándome un poco de las cosas cotidianas y prosaicas y, sobre todo, de los fanáticos de la política que abundan en el Facebook. Y voy a incidir en los falsos cristianos, porque hay de los honorables, como es el buen amigo a quien le gané la apuesta, porque la religiosidad se ha mezclado con la cucufatería y la abierta hipocresía de quienes viven golpeándose el pecho y pidiendo a la buena gente que solo viva rezando Ave Marías en sus letanías cotidianas.

En primer lugar, digo, yo creo en Jesús. Creo que las enseñanzas de Cristo que recogen los cuatro evangelistas son lo más sublime que se haya podido dar a los hombres. El milagro de las bodas de Caná, donde Jesús inicia la serie de sus milagros que haría en toda la Palestina, expresa la sencillez de un hombre que asiste a unas bodas donde, como siempre, se van a dar unas borracheras, pero que Jesús acepta la invitación como expresión de tolerancia. Pero es hermosa aquella escena cuando María, percatándose de que se acabó el vino, muy sutilmente le advierte a Jesús: “Se han quedado sin vino”. Creo que está es la escena clave de lo que va a ser el apostolado de Jesús a lo largo de toda su vida y la coherencia de lo que hablaba y cómo entendía y vivió hasta el momento de la crucifixión.

Debo confesar que una cosa es hablar y otra vivir como se hace realmente. Pero hago la atingencia para peguntar: ¿Quién es honesto totalmente, y qué tiene que ver esto con la integridad? ¿Se puede ser honesto e íntegro absolutamente? La respuesta se la dejo a religiosos y santones. Lo que quiero decir es esto: que aquella invocación de Jesús, que también se encuentra en el libro de San Juan, de que “solo la verdad nos hará libres”, es la enseñanza suprema que hayamos podido recibir y es esta enseñanza la que rige mi vida, en la manera en que entiendo lo que es vivir, que no es atentar en contra de nadie, no ofender ni agredir, como hacen los fanáticos.

Las enseñanzas de Jesús, como en el caso de sus parábolas –el del hijo pródigo, por ejemplo–, el de la mujer adúltera, sus peleas con los fariseos, el de la paja en el ojo ajeno, etc., deben ser nuestras normas de vida para que todos persigamos esa entelequia de ser mejores cada día: buenos trabajadores, propositivos y con iniciativa, haciendo a un lado las intrigas, el buscarle sus “anticuchos” a los otros, el llenarse de títulos y grados y no ser buenas personas. Que nuestro norte sea siempre la búsqueda de la felicidad y la verdad. Por supuesto, debemos aceptar que no todos les caemos bien, y esto he aprendido, pero procuremos ser siempre empáticos. Y que por más libros de ayuda y de formación que se lean de nada servirán si no somos personas auténticas y sinceramente serviciales. Recordemos que el individuo psicópata siempre vivirá buscando culpables para justificar sus miserias y frustraciones; estas personas, si no siguen a Cristo, nunca dejarán de ser hijos de Satanás. [Comunicando Bosque y Cultura].