León Tolstoi: Sus cuentos-enseñanza en literatura infantil


Todo escritor; incluso León Tolstoi el autor de ese monumento histórico y literario que es “La Guerra y la Paz”, han demostrado un especial interés en escribir para el mundo infantil. De su intensa, complicada y acaudalada vida, llena de aventuras y sinsabores, tras hacerse escritor opta por revolucionarias ideas pedagógicas. Abrió una escuela gratuita para pobres del campo y fundó un periódico propalando temas didácticos en base a las enseñanzas del Antiguo Testamento; pero la censura del Estado y las iras de la Iglesia Ortodoxa mandaron cerrarla. Esta última terminó por excomulgarlo.

“El reino de Dios está en nosotros”, decía y predicando con el ejemplo su doctrina de la pobreza, repartió sus tierras a los campesinos y vivió con ellos dedicándose a las labores manuales y a su oficio de escritor, denunciando las injusticias, privilegios e hipocresías de los ricos ante el dolor y miseria de los siervos.

Siempre predicó, este místico patriarca, la mansedumbre y la piedad como enseñanzas del Evangelio. Así llegó a pensar este hijo de una acaudalada princesa y un noble propietario.

Dos historias, una fantástica y otra totalmente realista muestran la brillantez como el arte de Tolstoi ejemplariza su elevado mensaje humanista. Aquí el castigo a la mentira y ambición; y cómo un niño enseña amor y compasión ante un débil y anciano.

EL MUJIK Y EL REY DE LAS AGUAS.

Un mujik dejó caer su hacha en el río, y, apenado, se puso a llorar.

El Rey de las Aguas compareció ante él y, presentándole un hacha de oro, le preguntó:

-¿Es la tuya?
Respondió el mujik:
-No, no es la mía.
El rey de las aguas le enseñó una de plata.
-Tampoco es ésa – dijo nuevamente el mujik.
Entonces el Rey de las Aguas le llevó su propia hacha de hierro.
Cuando la vio, dijo el mujik:
-¡Esa es la mía!
Como recompensa por haber dicho la verdad, el Rey de las Aguas le regalo las tres hachas.
De vuelta a su casa, el mujik enseñó sus regalos y contó que aquella aventura a los amigos.
Uno de ellos quiso hacer lo mismo: se fue a la orilla del río, dejo caer el hacha y rompió a llorar.
El Rey de las Aguas le presentó un hacha de oro y le preguntó:
-¿Es la tuya?
El mujik lleno de gozo, respondió:
-¡Sí, si es la mía!
Y porque había mentido, el Rey de las aguas no le dio ni la de oro ni la suya.

EL CUENCO DE MADERA.
Un abuelo llegó a ser muy viejo. No podía andar y no veía ni oía bien. No tenía dientes y ni siquiera podía comer bien. Su hijo y su nuera no lo querían en su mesa y comía aparte, detrás de la estufa.

Un día le sirvieron la comida en una taza de porcelana. El viejo la dejó caer y la taza se rompió. Desde entonces su nuera le reñía continuamente, diciéndole que rompía y estropeaba todo lo de la casa y que en adelante comería en un cuenco de madera.

El viejo suspiró y no dijo nada.

Un día el matrimonio observó que su hijo hacía algo con unos trozos de madera. El padre le preguntó:

-¿Qué estás haciendo, Mischa?
Y el chiquillo le contestó:
-Estoy haciendo un cuenco de madera para que coman en él cuando sean viejos.

Los padres se miraron y se echaron a llorar. Sintieron una profunda vergüenza al darse cuenta de lo que se portaban con el abuelo. Desde entonces volvieron a comer todos en la misma mesa, y trataron al viejo abuelo en la forma que merecía.