PERUANO ILUSTRE – Francisco Izquierdo Ríos “Ladislao, el Flautita”


FRANCISCO IZQUIERDO RÍOS
Nacido en uno de los lugares más alejados de la selva de San Martín (Saposoa), este maestro primario que laboró la mayor parte de su vida entre “pueblo y bosque”, en lugares donde muchas veces podía distinguirse solo una escuelita, un puesto policial, un mercadillo, una iglesia y un cementerio, llegó a ser un gran escritor que introdujo el paisaje selvático dentro de la literatura peruana; su naturaleza, su folklore y el hombre entre la realidad y la leyenda, con su habla regional, directa y sencilla, mostró una profunda sensibilidad gran imaginación e identidad regional, a la vez que un decidido compromiso con la problemática de su pueblo. La selva como protagonista y el relato regionalista como hilo conductor testimonian la calidad de su obra.

Fue fundador y organizador de la sección Folklore y Artes Populares del Ministerio de Educación y junto con José María Arguedas lo enriquecieron a nivel de Costa, Sierra y Selva.

Recibió el Premio Nacional de Literatura (de Fomento). Jurado en el Concurso Casa de las Américas (Cuba) y nombrado Presidente de la Asociación Nacional de Escritorio ANEA.

Especial dedicación tuvo con la Literatura infantil. Se encuentra entre sus mejores y más bellas páginas por su gran valor tanto recreativa como educativo. En Ladislao se presenta el cada vez más grave problema de la deserción escolar que el Perú resulta ser uno de los países latinoamericanos más golpeados por este flagelo. En este cuento trata el problema con gran intensidad poética y humana.

LADISLAO, EL FLAUTISTA
–¿Oyes, maestro?
–¿Qué?
–Flauta.
Y toda la clase se sume en religioso silencio. A cual más, los muchachos tratan de oír, levantándose de las carpetas.
¡El Ladislau!
¡Sí, el Ladislau!
Sólo el Ladislau, maestro, sabe tocar así la faluta.
No puede ser Ladislau, niños. Su padre, hace poco, me ha dicho que está ausente y que ya no regresará al pueblo. Ha ido a Chacapoyas, donde su madre.
–El Ladislau es, señor. Ha llegado ayer, al anochecer, con la lluvia. La escuela es ya un revuelto. En todos los labios tiembla el nombre de Ladislau. Y una profunda ola de simpatía cruza la escuela.

–El Ladislau es, señor . . . allí está su cabeza.
–Sí, maestro. Allí está, véalo usted. Está mirando por el cerco.
–Zamarruelo . . . Vayan a traerlo.

Y tres de los muchachos más grandes de la clase van como un rayo en su busca, y después de un rato vuelven:

–Señor, se escapó a todo correr, como un venado, por el monte.
–¡Qué raro! –exclama el maestro. Ladislao se está volviendo vagabundo. ¡Qué lástima, un buen muchacho!

Y todos recuerdan con pena al compañero que tantos deliciosos momentos dio a la escuela con su arte. Parecía que Ladislao hubiera nacido con el divino don de tocar la flauta y de hacer flautas de carrizo como nadie.
–El Ladislao se ha vuelto así diz, maestro, porque mucho le pega su madrastra.
–Sí, algo he sabido. ¡Pobre muchacho!
–A mí me ha contado así señor, llorando.
–Por eso diz que vive así, señor, andando por todos lados, por todos los pueblos.
Ahora diz, señor, no ha llegado a la casa de su padre. Ha llegado donde la mama Grishi.
Su padre ya ni cuenta hace de él diz, señor. Lo ve como a un extraño.
Y ahora diz, maestro, se va a vivir ya en la Mina.
–¿En las Minas de Sal?
Sí diz, señor.
–¿Y su madre?
–Diz, señor, que está enferma en Chachapoyas y, precisamente, él quiere trabajar para ayudarla.
–Y por eso diz, maestro, ya no vendrá más a la escuela.

En ese momento, volvieron a oírse lejanas notas de flauta que con sollozo de niño abandonado hacían florecer en la escuela todo un rosal de emoción perfumada de tristeza.
¡El corazón de los niños estaba en suspenso!
En la huerta, bañada por la luz de oro de un jovial sol mañanero, hasta los finos álamos parecían agobiados de pena.
Ladislao, el Flautista, se alejaba para siempre de la escuela.