Fierro a fondo


En ese momento algo dentro de mí sube hasta llegar a la temperatura más alta, el movimiento corporal es sorprendente y las ganas nunca faltan, esas mismas ganas de gritar, tocar y matar. 1, 2, 3 veces, alguien atrás mío no deja de insistir y eso me enloquece.
No tienen piedad y cada día es peor, es un martirio al que estamos expuestos, es como si abrieran el zoológico y los animales escaparan despavoridos. Las calles de Tarapoto cada vez se calientan a grados sorprendentes y no solo por el sol incandescente, sino por las “bestias” que están subidas al volante de un motorizado de 2, 3 y 4 llantas, esos adorables seres que generan que salga ese asesino interno que todos tenemos y tratamos de esconder.

El transporte público es el segundo principal problema que afecta la calidad de vida de los peruanos y la ira acumulada hace que la salud sufra las consecuencias de la congestión vehicular, que es producto de falta de cultura vial, escasa señalización, ausencia de orden policial y por supuesto, la falta de neuronas de algunos que van al volante y se convierten de ser humanos a bestias con acceso libre del claxon y el acelerador.

Hoy por la mañana, mientras esperaba que el semáforo pase de rojo a verde, un cavernícola estando en señal de pare, tocaba el claxon una y otra vez, al inicio pensé que era daltónico, luego siguió insistiendo y entonces entendí que era un imbécil más que piensa que la calle le pertenece y que cree que todos tenemos el evidente retraso o irresponsabilidad que a él lo define. De estos hombres y mujeres, hay a montones, como si se reprodujeran entre ellos. Por mi parte “No soy de aceptar pulgas” así que no suelo contener mi ira y la mayoría de veces sentencio un par de frases como “Avanza pues h….. parece que tu mujer te está siendo infiel y estás apurado por llegar a casa” o “Mátate solito, deja en paz al resto” Lo siento, parece cruel, pero no lo es, porque en ese momento en el que las hormonas nos llevan a un clímax nocivo, desfogar y gritar es lo más saludable por hacer, porque si no más de uno se convertiría en un asesino que mata a cuanta bestia al volante aparece con sus despreciables excesos.

Todos sin excepción tenemos la necesidad de movilizarnos de nuestras casas a nuestros centros de trabajo o estudios y en medio de la jungla vehicular solo quedan dos opciones, volverse sorda y muda o simplemente hacer roche público, para que siquiera así estos personajes entiendan que los ciudadanos en general merecen respeto y para tener una vida de calidad se debe cumplir normas, de esta manera las piezas del ajedrez se acomodan y todos viven felices.

El caos vehicular genera enojo y eso sin duda eleva el ritmo cardíaco y la presión arterial, además altera los niveles de las hormonas, generando inestabilidad, sentimientos negativos y un segundo de ese enojo convierte un día en estrés total.

Elmer Huerta, asesor médico, indicó en una entrevista en RPP Noticias, que aquella persona que tenga que viajar 10 a 15 kilómetros desde su casa, va a sufrir el aumento del azúcar en sangre, colesterol elevado, aumento de la presión arterial y debido a que va a estar atrapada en el tráfico, va a tener más riesgo de sedentarismo. La suma de todo condiciona a sufrir de síndrome metabólico, que vuelve cinco veces más propensos a tener enfermedades cardiovasculares y tres veces más propensos a tener diabetes. Debo admitir que esto me asustó terriblemente.

Si aguantar los gases emitidos por los tubos de escape de motocicletas, mototaxis y carros, ya es nocivo para la salud, tener que aguantar acoso sexual mientras se espera el cambio de luz en el semáforo, es un calvario, ese limbo cerca al infierno que nos asegura que es preferible morir que tener que sobrevivir de esta manera.

Fierro a fondo… de esos que tocan y embalan, dejando el humo por doquier, de esos que torturan nuestros oídos y maltratan nuestro cuerpo. Ya no más. Arranca nomás papito y deja en paz al resto…