Gabriela Mistral: “El Ruego”, la poesía amorosa sublimada


Representa en la literatura latinoamericana lo más elevado del sentimiento amoroso, que no erótico, con una voz personalísima, donde desde el inicio se revela su recia personalidad y a la vez intensa ternura por la niñez, las madres, y los seres humildes, que la hizo defensora de las más nobles causas.
A pesar de la influencia de Darío y Amado Nervo, evolucionó hacia un post-modernismo que la vincula con los movimientos de vanguardia de su época.
El amor por un hombre que se suicidó por honor, marcó para siempre su drama personal en lo más íntimo.

DESOLACIÓN.
Es su gran obra, en donde incluye los “Sonetos de la muerte” a los termas que serán constantes a lo largo de toda su creación literaria: el amor, la muerte, la solidaridad con los humildes y desheredados, la ternura a la niñez, la maternidad, las madres abnegadas, la naturaleza, el paisaje americano.
El suicidio del hombre que amaba le arrancó del corazón hondos y dolorosos poemas; en “El ruego”, quizás el más sentido, suplica a Dios desesperadamente el perdón al amado sin siquiera quejarse de la infidelidad y abandono; con fervor religioso se hinca y pide.

EL RUEGO.
Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,
por los seres extraños mi palabra te invoca.
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
mi vaso de frescura, el panal de mi boca,
cal de mis huesos, dulce razón de la jornada.
Te digo que era bueno, te digo que tenía
el corazón entero a flor de pecho, que era
suave de índole, franco como la luz del día,
henchido de milagro como la primavera.
¿Qué fue cruel? Olvidas, Señor, que le quería…
¡No importa! Tú comprende: ¡yo le amaba, le amaba!
Aquí me estoy, Señor, con la cara caída
sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero,
o todos los crepúsculos a que alcance la vida,
si tardas en decirme la palabra que espero.
¡Di el perdón, dilo al fin! Va a esparcir en el viento
la palabra el perfume de cien pomos de olores
al vaciarse; toda agua será deslumbramiento;
y el yerno echará flor y el guijarro esplendores.
Se mojarán los ojos oscuros de las fieras,
y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste
llorará por los párpados blancos de sus neveras:
¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!
El escritor casi siempre hace autobiografía. Pero observamos que el sentimiento de amor en Gabriela Mistral evoluciona desde lo personal hasta lo más noble y universal: la defensa de los niños y pueblos de América, el ser humano en sus diferentes dimensiones.

Despliega esfuerzos, por ejemplo, la maternidad frustrada, sublimándola en versos como “La mujer estéril”, dice:
La mujer que no mece un hijo en el regazo, (cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas),tiene una laxitud de mundo entre los brazos; todo su corazón congoja baña.
Observamos que en su recia personalidad y a lo largo de su obra cómo se combinan, sin perder la radical oposición, dualismos de su mundo espiritual, así: lo duro y áspero frente a la inocencia y la ternura; el dolor frente a la sonrisa; la fuerza frente a la gracia; la claridad frente al misterio.
La academia sueca al otorgarle el Premio Nobel reconoció sus méritos: “El lirismo inspirado por un rigoroso sentimiento, lirismo que ha hecho del nombre de la poetisa chilena un símbolo del idealismo del mundo latinoamericano”.

SU MATERNIDAD.
Federico de Onís afirma: “Alma tremendamente apasionada, grande en todo, después de vaciar en unas cuantas poesías el dolor de su desolación íntima, ha llenado ese vacío con sus preocupaciones por la educación de los niños, la redención de los humildes y el destino de los pueblos hispánicos. (. . .) Todo esto en ella no son más que otros modos de expresión del sentimiento cardinal de su poesía: su ansia insatisfecha de maternidad, que es a la vez instinto femenino y anhelo religioso de eternidad”.