La lectura como antidoto para la estupidez


Jorge Luis Borges, el cuentista bárbaro, ateo contumaz y poeta redimido, fue privado del máximo placer mortal: ver. Una ceguera maldita intentó alejarlo de los libros, pero al contrario de lo que suponía, Borges no cayó en la oscuridad, sino, más bien, en un profundo mar de leche.

Como lo escribió José Saramago en su obra cumbre, Ensayo sobre la ceguera, la pérdida de la visión no es la inmersión en las sombras, sino, el chapoteo imperecedero en la ausencia de color y el empacho de luz.

Borges se sumió pues, en un océano blanquecino, en una nata gigante sin aromas lácteos, en nubes espesas como un mar de engrudo, desde donde oteaba con melancolía las formas y voces que salpicaban su pasividad y le recordaban que era un mortal común, que su talento no podía escapar a una tara tan doméstica como arrabalera.

Sin embargo, el argentino siguió leyendo con los ojos de otros. Mediante amigos que se turnaban con entusiasmo las horas, para acompañarlo en su biblioteca personal y leerle las colecciones de tiempos mejores, las enciclopedias de taxonomía, los cuentos vírgenes de autores muertos en la mendicidad, la poesía descomunal pero sin manager.

La amistad lo libró del silencio. Sus ojos habían sido jubilados por una herencia familiar, pero su mente aún estaba lúcida para escuchar la prosa y construir imágenes y metáforas de colores en esa morra que entendía a la lectura como un antídoto contra la estupidez y, cómo no, como un placer excelso.

“Nadie debe ser obligado a leer. La lectura es un placer y el placer tiene que ser goce pleno”, escribía y disparaba en las entrevistas que ofrecía para escapar de la monotonía doméstica. Como esa entrevista que le dio al peruano César Hildebrandt y donde admitiera que seguía comprando colecciones solo por el placer de saber que los textos estaban ahí, al alcance de sus manos.

Así como deberían estar las grandes enciclopedias, los grandes cuentos, las novelas fantásticas y los poemas que curan el alma, para la mayoría de los peruanos. Quizá, si fuera así, hoy tendríamos menos matarife en las esquinas, menos hemoglobina en la acera, menos envidia en el obturador y más inteligencia en combis y motokars.

Y es que está probado que la lectura no sólo sirve para librar la batalla contra el alzheimer, fortalecer el vocabulario y robustecer la cultura general. Leer nos libra de la estupidez, forma conciencia en los títeres, inyecta valores en las almas descarriadas, injerta libido en los mequetrefes de espíritu y genera una sociedad más sana, vacunando contra la realidad al humano cotidiano, al paisa sin escrúpulos.

Según cifras oficiales, en el Perú se lee 0,86 libros por año y habiendo 130 millones de libros en el mundo, un compatriota tardaría en leerlos unos 151 millones 162 mil 791 años. Cifra de la vergüenza que nos revela como país de sátrapas de la tv, como adláteres del chisme y cómplices del Facebook cancerbero.

Una cifra horrenda que nos recuerda que los edificios inteligentes, las black card, los trenes voladores, los túneles kilométricos y las piscinas en los pent house no nos convierten en un país moderno. Seguimos atrapados en la esclavitud cerebral, por eso, a pesar de los auges que tuvimos, nunca pudimos despegar como nación.

Ni la fiebre del oro colonial, ni las tercianas del caucho, salitre, guano, cobre y el gas, han podido ser aprovechadas para construir la nueva nación, con un nuevo ciudadano. La corrupción y su metástasis en la clase política nos prohibieron siempre un porvenir mejor.

¿La salida? Apagar la televisión y construir una educación con vigas lectoras. No hacer caso a la noticia de vodevil, al chisme editorializado, a la calumnia camuflada. Hay que hacer a un lado la lectura de autoayuda, las revistas de chucherías y consumir novelas, cuentos, poesía y música que alimente el alma y le pase lejía a la conciencia. A leer, esa es la tarea, muchachos.