¡Qué solos se quedan los muertos!


Al escuchar una conversación en el velatorio de un familiar, el viernes pasado, al observar un amigo de los deudos que en esos momentos luctuosos solo están presentes gantes mayores y que es difícil que participen jóvenes, me vino a la memoria un verso de las conocidas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, que dice “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”.

El día de ayer domingo volví a ir al velatorio de un amigo que acababa de fallecer y no encontré a nadie. El asistente del local donde se le velaba en cuerpo presente me dijo, cuando llegué al lugar, que el cuerpo de quien fuera mi amigo estaba solo. Entonces recordé la frase anterior, y que nos hace preguntarnos a todos: ¿Qué está pasando en la sociedad de hoy? ¿Dónde están esos amigos de antiguos momentos de jolgorio, de la chanza, de la alegría y de la euforia compartiendo momentos gratos como si el mundo no se iría a acabar? Entonces, todos parecíamos coincidir para afirmar que vivimos en una sociedad deshumanizada, de sentimientos falsos, donde cucufatos –que piden sus canonizaciones, siendo diablos perversos—fungen de pastores. Sin embargo, en mi modesta opinión, creo que viene desde un proceso cómo construimos las relaciones de familia. Por ejemplo, existen primos hermanos que ni se conocen.

Pero no es solo un asunto de construcción de la familia, porque esta desconstrucción continúa en el trabajo. Por ejemplo, en un centro de labores donde trabajé por años, de un grupo de casi 180 trabajadores, al velatorio llegaron no más de ocho y acompañaron al cementerio para dejar sus restos no más de cinco compañeros….Y no eran los más cercanos al difunto. Entonces, tienen que estar pasando cosas para que esto ocurra.

Tal vez esta falta de solidaridad y empatía con las personas sea consecuencia del tipo de personas que estamos construyendo. Podría ser la excesiva individualización y la tara de nuestra época que es la competitividad que nos exige que seamos mejores que los otros no importa si le arrasemos y le destruyamos, porque uno tiene que ser mejor y es eso lo único que importa como enseñaba Miguel Ángel Cornejo. Tenemos que ser el primero de la pirámide competitiva para que tengas el perfil y tener todos los títulos y pergaminos que haya, aunque seas realmente analfabeto. Todo este falso paradigma ha hecho que nos desliguemos de los problemas ajenos porque se ponen en juego nuestros intereses.

Muchos nos hemos quedado horrorizados cuando personas que se acostumbraron a fortalecer sus relaciones amicales descuidaron las familiares. Y ocurre que en esos momentos de dolor quienes llegan son los de la familia y los amigos de farra, de paseos y de fanfarria brillan por su ausencia. Los “amigos” terminan buscando todos los pretextos para justificar sus ausencias. Hay que ser un preferido por los dioses para que haya esa combinación y gracias a Dios, cuando ocurrió mi caso personal sentí y viví la emoción de esa maravillosa química y esa fortaleza que me dieron serán mi soporte para toda la vida. Obviamente, algunos que no deberían estar presentes no lo estuvieron y eso es justo.

Es necesario volver a reconstruir nuestras relaciones, para que los deudos que ya han iniciado su viaje hacia la Eternidad, desde esa quinta dimensión vean que sus deudos han tenido el privilegio de recibir la fortaleza de la compañía de la familia y de los amigos. En mi situación personal, nunca me olvidaré de quienes nos acompañaron. Y es necesario que así sea para que no veamos y sintamos el dolor y la frustración que nos obligue a decir: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos! [Comunicando Bosque y Cultura].