Jauría reporteril


“Mi tema principal es la vida de los pobres. Si sueñan con ser periodistas no pueden ignorarlos. Los pobres constituyen el 80% de la población de este planeta. La pobreza no tiene voz. Mi obligación es lograr que la voz de estas personas sea escuchada”, es lo que dijo Ryszard Kapuscinski, el reportero consagrado, el polaco más famoso del planeta, después de Karol Wojtila y Frederic Chopin.

Gabriel García Márquez, por su parte, decía que el periodismo era el mejor oficio del mundo, pero exigía cierta arquitectura mental para ejercerlo con orgullo, aunque eso significara tener siempre los bolsillos vacíos.

Para el “Gabo”, resultaba sine qua non que los hombres de prensa estuvieran informados para informar y, como recitaba el maestro Kapuscinski, se buscara el bien común, se diera voz a esa mayoría que, de cuando en cuando, despierta para exigir menos opio y más verdad.

Leer, tener una fijación casi adictiva por los libros y revistas bien escritas, es siempre la receta para asegurar una redacción pulcra, una semántica sin bajezas, una cultura panorámica y un vocabulario prolijo.

La otra condición para ejercer el oficio con dignidad es la ética. Ese curso que la generación del cincuenta aprendió en charlas bohemias con los precursores del oficio. Con esos editores y reporteros de antaño, que esquivaban el chisme (por ser rumor) que rehusaban el condicional (salvavidas del peor de los oficios) y que siempre pedían permiso para entrevistar en esas libretas de papel bulky, de esas con las que el peruano Manuel Jesús Orbegozo, espulgó a Nelson Mandela y Pol Pot.

Seguramente ni Kapuscinski, García Márquez, Orbegozo ni el padre del nuevo periodismo, Truman Capote, son santos de devoción para algunos coleguitas que prefieren el ataque artero para llenar la alacena. Un clan reporteril que ataca en jauría y responde con calumnias maquilladas por el condicional.

Todos los días cometen errores groseros en sus periódicos, desnudan su ignorancia ante los micrófonos con suficiencia estriptisera y en las mismísimas pantallas de televisión remedan estilos lascivos de una prensa cancerbera y putrefacta. Pero ellos no se fijan en sus tumores.

La jauría graba audios sin permiso, toma fotos apócrifas de la vida íntima y filma encuentros de quienes ellos ven como víctimas. Y claro, si no pagas su cupo reporteril disfrazado de publicidad, el chisme, el trascendido, el rumor, vendrá como náusea, será una verdad parida en el útero rentado con “espontáneas” llamadas telefónicas.

Algunos colegas han entendido el ejercicio periodístico como el pandillaje de vocales y consonantes, como la emboscada disfrazada de selfie. Quienes no aceptan sus requerimientos financieros son mancillados públicamente todos los días hasta quebrar su moral y aflojar la billetera. Gran parte del gremio ha resbalado por esa espumante cornisa y hoy languidece como gárgola en el castillo de la banalidad con sarpullido, del chantaje con costra y la usura más burda y miserable.