Sin populismo, es mejor



Dice un viejo adagio que la popularidad es la prima prostituta del prestigio. Y claro, es muy fácil ser popular. Lo son los chicos de pocas neuronas y mucho anabólico de Combate, lo fue Susy Diaz, la ex vedette que se pintó el 13 en las nalgas para llegar al Congreso, lo fue Alberto Kenya Fujimori metiéndose al fango para la foto.

En cambio, el prestigio se gana a pulso, es el reconocimiento de ciertas cualidades que nada tienen que ver con el azar ni el oportunismo. La excelencia académica, la trayectoria profesional impoluta, el apego a la verdad y la demostración continua de honor, son algunas de las rutas para llegar a trascender, a tener prestigio.

El populismo, en cambio, es una suerte de anestesia usada para distraer y caer en gracia a la platea, apelando casi siempre a la cirugía en la idiosincrasia, en los prejuicios y las aspiraciones colectivas ancladas en la cultura vodevil, en el imperio de la apariencia.

En ese sentido, muchos políticos apelan al viejo truco de tratar de caer en gracia al inicio de su gestión con gestos populares que saben que les traerán réditos en las encuestas de corto plazo. Su preocupación pasa por construir un andamiaje de simpatía con su comunidad. En lugar de sentarse a trabajar, auscultar su organización, destapar confabulaciones y marcar un derrotero ejecutivo tras bambalinas, la mayoría recurre a las luces, las cámaras y la acción (impostada, pero acción, al fin y al cabo).

PPK sacó a sus ministros al patio de Palacio de Gobierno para hacer gimnasia en horario estelar y con la prensa genuflexa apretando rec. Jorge Muñoz, el alcalde limeño que recicló un pelotón de funcionarios de Castañeda, salió a montar bicicleta en una ciudad de combis asesinas y pistas de queso. Y así, en varios distritos, alcaldes oportunistas cogieron escobas y salieron a barrer las veredas en busca del aplauso chocherita y la risa de oropel.

Aquí en Tarapoto, por ejemplo, el burgomaestre estrenado salió a colocar primeras piedras y anunció, contradiciendo su impronta de arquitecto, que el terreno del mercado se convertirá temporalmente en una playa de estacionamiento.

Y entonces, en esa alborada de gestos y actitudes histriónicas, ya se levantan algunas voces pidiéndole a Pedro Bogarín, el gobernador regional, que salga a las calles. Esperan una actuación para la cazuela, una foto corriendo, un selfie pintando aceras. Incluso un buen amigo me comentó que el gobernador debería hacer algo así. Pero yo no creo.

Bogarín está alejado de la tarima porque tiempo es lo que falta y no se puede gastar horas ni recursos en demostraciones fatuas. La gente ha elegido un gerente y no un mimo haciendo piruetas con aguajes.

Lejos de los reflectores, con días de trabajo que terminan sobre las 10 de la noche, este gobernador está demostrando ser un rara avis. Uno de esos políticos con agallas y que ya escasean. De esos que no se dejan pisar el poncho, que huelen la mediocridad, que son pragmáticos y hasta cierto punto existencialistas.

Hay mucho por hacer como para preocuparse por los guiones. En campaña dijo que hablaba mucho porque tenía que hacerlo para explicar su plan y conquistar votos, pero apuntó que, si ganaba, hablaría menos porque se dedicaría a trabajar. Esta, parece, es su primera promesa cumplida.