Nostalgia por lo antiguo


Mi artículo anterior generó comentarios generosos en el Facebook. Me he propuesto cada cierto tiempo escribir sobre cómo eran las cosas antes que llegara lo que conocemos como la modernidad, entre ellos la Internet y el cambio que produjo en nuestras vidas. Precisamente, la semana pasada en la Dirección Regional de Agricultura expusieron el tema de la transformación digital y la necesidad de que todos nos incorporemos a ella. Paco Baró, escribiendo en el diario Gestión, dice que “Internet nos ha cambiado la vida” Y todos los especialistas de la modernidad nos exigen que formemos parte del sistema, que no está mal, pero que nos ha hecho abandonar la forma de como hacíamos las cosas antes, como lo entendíamos entonces y como la entendemos ahora.

El diario El Comercio, del 29.08.2018, nos trae la noticia sobre un hecho que a la mayoría hoy nos parecería absurdo viniendo de un país tecnológicamente adelantado. Se refiere a que en Bend, una ciudad del estado de Oregon, en los Estados Unidos, sigue funcionando un local de la que fuera la poderosa cadena de alquiler de videos, la Blockbuster, todavía funciona una tienda de alquiler aun cuando la famosa cadena se declarara en bancarrota ante la irrupción de Netflix y las películas de YouTube. Dice la crónica, recogida de la Agencia EFE, que “cruzar las puertas del local y recorrer sus estanterías con un total de 14.000 títulos, con sus estrenos y videos juegos incluidos, es casi un viaje en el tiempo”. Recordemos que en Tarapoto funcionó una tienda similar y que quedaba en la cuadra cinco del jirón Jiménez Pimentel, y mis hijos eran asiduos clientes del local.

La era digital está destruyendo lo que antaño eran nuestros paradigmas: ir al cine con la familia, cuando ir a los estadios y a los cines eran un premio a nuestras buenas acciones. Ir a las bodegas y alternar con los tenderos como parte de esas relaciones amicales en que la gente se informaba de las cosas. Escuchar tu música favorita en un equipo stereo, sobre todo escuchando a Juaneco y su combo, al Sonido 2000 o a los internaciones “Los Tigres”. Porque escuchar del celular, en mi opinión, no tiene su encanto, porque el verdadero disfrute está en el hecho de compartirlo con otros. Aunque disfrutar de las cosas en un ambiente de soledad podría ser parte de nuestro egoísmo.

La era digital, repito, ha hecho que esas conversaciones durante las comidas desparecieran porque los hijos y los nietos van a la mesa con sus celulares para ver sus programas favoritos mientras el inchicapi y el chirumbe y su inguiri sacalágrima se enfrían y todo ese momento que debería ser maravilloso se desarrolla en ambientes donde la distancia y la frialdad se manifiestan y donde el calor familiar ha desaparecido. No es que los miembros no se amen, sino que han sucumbido a la influencia de la tecnología en su aspecto pernicioso.

El recorrer las tiendas en los grandes supermercados, es una práctica pronto también a desaparecer. Recordamos la emoción que teníamos en agarrar los productos; en las librerías, emocionarnos al ver la estantería con los libros, hojearlos y agarrarlos casi con lascivia. En las bodegas, pedir una rebajita, o el clásico fiadito como hacia aquel maestro de Yuracyacu, según la anécdota de Carlos Tafur Ruíz. La modernidad y el monopolio hicieron que en algunos productos ya no hubiera diferencia en los precios, como antaño con la cerveza San Juan, a la que los maestros la conocían como la “cervecita magisterial”, la que siempre me invitaba Julio Quevedo Chávez, devoto de la Virgen del Puño.