Horacio Quiroga en Literatura infantil, cuentos de la selva “La abeja haragana”


Es en “Cuentos de la selva” donde el autor demuestra la gran vocación de maestro-educador que siempre fue. Auténticos relatos infantiles con moralejas de profundos y delicados sentimientos.

La imaginación y fantasías aquí son utilizadas para presentar el paisaje y animales humanizados, hasta tal punto que resultan mas humanos que los mismos hombres. También queriendo subrayar el contraste entre la descomposición de la vida humana y la natural armonía en la que viven los animales – como las abejas-, a diferencia de la voracidad social de las ciudades.

En Quiroga la fantasía no es una forma de evasión sino un medio para fabular inspirando al lector en temas edificantes y lograr ingeniosas moralejas. Dentro de estas candorosas historias está “La abeja haragana”, un clásico ya del cuento infantil universal.

La inteligencia de las abejas unida a su ordenada laboriosidad en forma solidaria que muestran, es digna de admiración, sobre todo comparándola con nuestra vida en sociedad. Tenemos mucho que aprender de esta maravilla de la naturaleza: “Todas para una y una para todas”.

La inteligencia de nuestro personaje le salvó la vida. Sin embargo, frente al terrible peligro de muerte, descubrió que la inteligencia no es lo más importante, sino nuestro trabajo mancomunado; es lo que nos hace tan fuertes. Nuestra inteligencia volcada en nuestro trabajo, buscando la felicidad de todos. Y sólo se conseguirá con el deber cumplido, desterrando la violencia, la corrupción, la impunidad y todas esas lacras que alejan al hombre del ideal.

La abeja haragana (Condensado)

Había una vez una abeja tan inteligente como haragana. Disfrutaba la vida volando de flor en flor chupándose la miel mientras que las otras hermanas trabajaban duro para producirla. Ya le habían llamado fuertemente la atención y advertido del castigo si no accedía a trabajar, hasta que le cerraron la entrada, justo cuando se descargaba una fuerte lluvia.

-¡Compañeros, por piedad, tengo frío! ¡Me voy a morir!
-¡Imposible! Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado en
el trabajo, ¡vete!
-y la echaron.
Buscó refugio y fue a dar en una caverna que no era más que el hueco de un árbol habitado por una culebra verde presta a lanzarse sobre ella.
-¡Oh!, qué tal abejita, no has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas. ¡Te voy a comer!
-No, no es justo que usted me coma por ser más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
-¿Oh, sí? ¿Tú conocer bien a los hombres? ¿Tú crees que los hombres que le quitan la miel a ustedes, son más justos, grandísima tonta?
-No es por eso que nos quitan la miel.
-¿Y por qué es entonces?
-Porque son más inteligentes.
Pero la culebra se echó a reír, exclamando:
-Bueno, con justicia o sin ella, te voy a comer de todos modos.
-Usted hace eso porque es menos inteligente.
-¿Yo menos inteligente que tú, mocosa?
-se rió.
-Usted no puede hacer lo que yo desaparecer.
-¿Cómo?, ¿desaparecer sin salir de aquí?
-Sí, y sin esconderme en la tierra.
-¡Hazlo! Y si no lo haces, te como enseguida.
-Dese vuelta y cuente hasta tres, luego búsqueme y ya no estaré más.
Y, así fue, no estaba por ningún lado. Había desaparecido.
-¿Dónde estás? Aparécete. Te juro que no te haré daño, ¡vamos!
-¿Qué había pasado? Muy sencillo, las hojas de la sensitiva, una planta, que al menor contacto, se cierran, la envolvieron, ocultándola.

La inteligencia de la culebra no dio para tanto y quedó muy irritada. Esto la salvó, pero lloraba en silencio en una noche tan larga, tan fría, tan horrible.

Al siguiente día la dejaron pasar sin decirle nada ya que comprendieron que quien volvía no era la paseandera haragana. Este duro aprendizaje de la vida, en una noche la cambió para siempre. “No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo lo que nos hace tan fuertes; yo usé una vez mi inteligencia y fue para salvar mi vida. Lo que me faltaba era la noción del deber que adquirí aquella noche. Trabajen compañeras pensando que el fin de todos nuestros esfuerzos es para la felicidad de todos; a esto los hombres llaman ideal. No hay otra filosofía en la vida que la de un hombre y una abeja”.