Fecha: 11 de julio, 2018 - 4:30 am

El Estado, un incentivo perverso


Cuando uno habla del mercado desde un enfoque liberal, una de las cosas que más se critican es la presencia de barreras (estatales) de entrada, que generan monopolios y restringen la competencia. Al estar restringida la competencia, la oferta no brinda muchas opciones y quienes terminan siendo perjudicados son los consumidores. Si la competencia, por el contrario, se da en un entorno de libertad, son los consumidores los que se benefician de este proceso, porque mientras mayor sea la cantidad de oferentes que compiten por la preferencia del consumidor, mejores opciones tendrá este al momento de elegir.

Siguiendo la misma lógica también podríamos decir que el incremento en la oferta política, de cara a un nuevo proceso electoral, sería una buena noticia para nuestra sociedad por los motivos ya mencionados. Pero para infortunio de los rostros que persiguen el poder, el incremento de la oferta en el mercado político se basa —en forma exclusiva— en la existencia de ciertos incentivos que, a diferencia de los que existen en el mercado de carne o de la leche, son perversos por definición y no guardan mucha relación con el bienestar de la sociedad, sino todo lo contrario.

Que cada vez más personas busquen una cuota de poder significa, antes que nada, que los incentivos que ofrece la administración del Estado son muy generosos. La oportunidad de beneficio debe ser muy grande, porque de otra forma sería complicado creer solo en las “maravillosas” y “buenas” intenciones con las que los candidatos engatusan a la gente para conseguir los votos que necesitan. Y en el supuesto negado de que —de verdad— tengan nobles ideales, no se excluye el agravante de servirse de la gente haciéndoles creer que se les sirve.

Dicho esto, es evidente que mientras más se incrementa el número de candidatos para algún proceso electoral es una señal de que las cosas no funcionan bien. Y la prueba está en las sociedades más ricas y desarrolladas del mundo. Uno no ve a la gente que vive en Suiza o Nueva Zelanda peleando por ganar una elección y hacerse con algún cargo en el Estado. Esto no ocurre en estos lugares porque los incentivos para dedicarse a la vida política son casi inexistentes. La gente prefiere dedicar su tiempo a sus asuntos personales como podría ser cultivar algún hábito productivo, criar a sus hijos o cualquier cosa que sus posibilidades les permitan. Y aquí está lo más importante, que estas personas puedan perseguir sus propios objetivos sin endosarle el costo al resto.

Por estos lares pasa todo lo contrario. Vivimos en una sociedad donde la gran mayoría de personas ve al Estado como un botín por el que cualquier bajeza se puede justificar. Esto explica que en países pobres y culturalmente tan subdesarrollados como el nuestro, la política y el Estado sirvieran de medios para que la familia Humala-Heredia, por poner un ejemplo por todos conocido, haya pasado de una vida sin carencias pero bastante simple, a poder pagarse lujosos caprichos en el momento que creyeron conveniente. Y todo gracias al dinero que, a través del Estado, cogieron del bolsillo del resto.

¿Quién no quisiera vivir en la opulencia? Creo que la gran mayoría de mortales aspiramos a vivir mejor siempre. Y lo que hace la diferencia entre un bodeguero y alguien que persigue el poder político es que el primero puede hacerse rico en la medida en que tenga la destreza de atender correctamente las necesidades de sus semejantes. Puede prosperar en la vida siempre y cuando genere algún tipo de valor que la gente que lo rodea luego aprecia. Respecto al segundo, bueno, podemos decir que su principal destreza es la de engañar al primero y hacerle creer que sin él todo estaría peor.