Fecha: 9 de junio, 2018 - 3:50 am

El culto del cargo: ignorancia y supertición


Manipulando el Poder: Lo corrupto
El agua del paraíso: Buen gobierno
EL CULTO DEL CARGO
Es producto de la ignorancia y la superstición que sume en un mayor oscurantismo a los pueblos primitivos y con escaso contacto con la civilización. En Nueva Guinea (1946), estudios del mito descubrieron el culto del cargo. Para aquellos hombres de la Edad de Piedra, el cargo (expresión inglesa que designa las mercancías destinada a los indígenas: latas de conserva, frascos con medicina, etc.), esas cajas que arrojaban los ingleses desde sus aviones en el espacio aéreo, eran, según los primitivos, dones enviados por los dioses, a quienes reverenciaban y adoraban aun cuando después los abandonaron, sin embargo en ellos persistía su fe y su ignorancia. Triste fin de un ritual.

EL MITO COMO INESCRUPULOSA MANIPULACION DEL PODER
Más allá de la ignorancia y la superstición, este tipo de mitos adoptaba dimensiones extremadamente trágicas cuando eran manipuladas por los inescrupulosos hombres del poder, quienes los utilizaban para dominar a la gente y someterla a sus intereses. Políticos y sacerdotes, aterrorizándolos, los culpaban de contrariar y enfurecer a los dioses: sequías, inundaciones, terremotos, erupciones volcánicas son actos de la naturaleza que ellos a propósito les interpretaban como actos de cólera y castigo de las enfurecidas divinidades. Se
presentaban como sus mediadores de lo divino que conocían y expresaban sus deseos y mandatos; creando así un nefasto sistema de sacrificios para “apaciguarlos”, hasta llegar incluso a la aberrante práctica de sacrificios humanos con el fin de sembrar el pánico entre la gente y así incrementar su poder sobre ellos.
A estos extremos llegaba la ambición y mezquindad de ciertas estrategias y pactos políticos de gobernantes ávidos de poder y dominación que, en vez de aprovechar el conocimiento y enseñar a la gente a trabajar y ser felices, los manipulaban recurriendo a rituales de terror ante ídolos de mirada perversa y cruel, o engañosas promesas celestiales de salvación eterna.
En la siguiente historia se narra también un suceso errático contra la realidad y la razón, pero la buena fe y la comprensión hacen de este hermoso acontecimiento una lección de amor y piedad por la grandeza de espíritu de sus personajes. La ignorancia se ve diluida en lo relativo del suceso, y todo culmina en la premiación por la buena conciencia mostrada y en afán de servir y hacer el bien. En este mundo todo está sujeto a ser relativo.

EL GUARDIAN DEL AGUA DEL PARAÍSO
La azarosa vida errante en el desierto donde Harith el Beduino y su esposa templaban su carpa junto a un pozo salobre que ocasionalmente encontraban, los mantenía en permanente lucha, alimentándose de dátiles y caldo de lagartijas; cazando ratas del desierto para aprovechar sus pieles, retorciendo sogas de fibra de palma que vendían a los viajeros de las caravanas.
Un día, sin embargo, apareció un nuevo manantial en las arenas. Cuando Harith lo probó, le pareció, estar saboreando la mismísima agua del Paraíso, pues era mucho menos sucia que la que acostumbraba beber. A nosotros nos hubiera parecido repulsivamente salada.
Inmediatamente partio hacia Bagdad al palacio de Harún-el-Raschid llevando consigo dos cueros llenos de esa agua: uno para él, el otro para el califa. Los soldados de la guardia real, solo porque asi estaba dispuesto, lo admitieron en la audiencia pública de Harún.
“Comendador de los creyentes-dijo Harith-, soy un pobre beduino, y conozco todas las aguas del desierto. Acabo de descubrir esta agua del Paraíso, y considerándola un regalo digno de ti, he venido en seguida a ofrendártela”.
Harún el integro probó el agua, y como comprendía a su gente, ordenó a los guardias que lo encerraran por un tiempo hasta que se conociese su decisión. Poco después llamó al capitán y le dijo: “lo que para nosotros nada es, para él lo es todo. Llévenselo del palacio por la noche. No dejéis que vea al poderoso rio Tigris. Escoltadlo hasta su carpa, sin permitir que pruebe agua dulce. Dadle entonces mil piezas de oro y mi agradecimiento por su servicio. Decidle que es el guardián del agua del Paraíso y que la administre gratuitamente en mi nombre a cualquier viajero”.