Fecha: 15 de mayo, 2018 - 5:15 am

Mujer camuflada


Tiene la belleza de la que hablaba Oscar Wilde, que es como una forma de genio más elevada y sin necesidad de explicación. También como la que contaba Gabriel García Márquez mientras examinaba las formas más sublimes para no morirse de amor.
Su tez es como la de esas finas muñecas de porcelana china que Marco Aurelio, el longevo emperador romano, mandó esculpir en un vano y mortal intento por opacar la belleza lunar que le era inconquistable a pesar de su poder terrenal.

Su rostro es finamente angular y cuando se contempla de perfil, todos los pecados del placer contenidos en la memoria se precipitan al olvido. El marco para esa perfección son sus largos cabellos azabaches, por naturaleza lisos como potros chúcaros, pero que en los días de fiesta permutan por rizos como lianas amazónicas. Tan sugestivos que generan estupor en corazones ajenos, inyectan lujuria a los obispos y despiertan envidias cucufatas.

Los labios son como pétalos de tulipán, pero como de aquellos que sólo Vincent Van Gogh podía pintar, atrapando su perfección y otorgándole un aura inmortal. No son prominentes ni tienen forma de corazón como en las ridículas películas del cine de oro mexicano. Son lo suficientemente carnosos para querer morderlos con letanía de poeta maldito. Son lo suficientemente hermosos para amagar con rozarlos de maneras impropias y humedecerlos con la imaginación.

Pero toda esa belleza no se puede comparar con la perfección imperfectible de sus ojos. Dos océanos de intenciones que cambian de tonalidad según la velocidad en que palpita su corazón amazónico. La profundidad de su mirada es tal, que uno siente como los recuerdos mejor enclaustrados se entregan cobardemente al poder de sus retinas impertinentes, impenitentes, pero deliciosas.

Mirarla de frente, quedito a los ojos es claudicar a los secretos, confesar deseos impuros y desnudarse entero ante la intensidad de una luz cegadora, como un disparo de nieve. Por eso no hay mejor estrategia, por ahora, que mirarla de reojo, utilizar catalejos o espiarla con lupas enormes como las del buen Melquiades y sus artes prestidigitadoras.

Ella tiene nombre, pero me está proscrito mencionarlo. El camuflaje es por ahora una forma de andar cerca para sentir su fragancia. Si uno se atreve a pronunciar las vocales y consonantes que combinadas la definen, podría ocurrir una desgracia como la que hace algunos años se precipitó en un cuento de Jorge Luis Borges, historias redondas, infinitas y con laberintos construidos con signos de puntuación y cartas suicidas.

Se perfectamente la ruta que recorre en sol y sombra. Le he hablado en una noche de lluvia para poder decirle todo sin que escuche nada y no delatarme, pero he cometido un error. Sus piernas y caderas provocaron un síncope y no he podido evitar perderme en sus pliegues. Le hice el amor con la ternura de un clérigo fiel, pero también la he poseído con la fuerza y locura de un trovador de orgasmos.

Pero claro, ella no lo sabe porque todo ocurrió en mi cabeza, en un diván apilado de pretensiones. Ella camina de la mano con una mano que no es la mía. Las mías andan por ahora dedicadas al arte de escribir memorias para no olvidar nada y evitar que la seducción gane la batalla cada vez que la miro y me reprimo.

Quisiera tomarla de la cintura, que sienta el pulso y textura de estas venas anchas como balsas intentando salirse de mi piel. Susurrarle sonetos que se mueren de pena esperando su día de estreno. Confesarme en cartas de papel de chocolate. Quisiera que esa mano deje de recorrerla, que esos labios se humedezcan sólo por mí y para nosotros.